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miércoles, 19 de febrero de 2020

Espejos

Cuando entras en mi casa puedes dejar todo el mundo exterior al otro lado del rellano. Lo sabes, y se te nota. Aquí no existe nada de lo que te taladra el alma allí fuera, aquí no hay prisas, ni presiones, ni preocupaciones. El aire que respiras aquí oxigena tus pulmones pero también tu espíritu. Con tus pies aún en el felpudo de mi puerta sueles soltar un suspiro profundo, como si quisieras dejar atrás el humo espeso y áspero que contamina tu mundo allí fuera para entrar limpia en esta atmósfera. Aquí no importa nada que no esté al alcance de nuestros dedos.

A veces, sí, a veces me haces un análisis detallado de todo aquello, me lo confiesas en charlas que son más terapia que narración, y yo escucho con la curiosidad del que quiere entenderte aunque sin ánimo cotilla. En esas ocasiones mi sofá es un diván y mi hombro un titulado en psicología. Pero eso ocurre solo a veces, en el salón. En zona neutral. Una vez traspasado el umbral de mi dormitorio no existe nada de eso, ni siquiera lo recuerdas, porque aquí solo hay piel, tacto, sabores, formas, olores. Cuando desaparece la ropa solo queda cuerpos, piel, deseo, ansia. Y placer. Mucho.

Por eso te la estás quitando despacio, pieza a pieza, como si quisieras regalarme cada nueva imagen de la mujer que va emergiendo bajo las prendas como una fruta que surge entre los pétalos de una flor madura. No tenemos prisa, aún, y yo te espero medio vestido, sentado en la cama. Estás a distancia de uno de mis brazos, pero ahora mismo mirarte ya es suficiente espectáculo. Conozco tu cuerpo de memoria pero siempre consigues que te mire con la curiosidad de la primera vez. Parece que apenas te muevas, pero tu cuerpo oscila en un baile lento que hace cimbrear tus caderas. Estás de pie, entre el espejo de la pared y mi cama, concentrada en tu proceso de desnudez, pero para mí ya es como si estuviéramos follando, porque te siento extraordinariamente cerca de mí. Quiero verte más, quiero disfrutar más de tu espectáculo, quiero absorber más imágenes de ti haciendo lo que haces. Deseo más de ti, lo que veo ahora mismo, la cantidad de ti que percibo, es demasiado poco. Y entonces encuentro tu reflejo en el espejo de la pared.

Estás de espaldas a mí, enseñándome tu culo aún cubierto por tus braguitas, y desabrochas tu sujetador. Puedo ver cómo tu espalda queda al aire y me imagino recorriendo con mi lengua el valle que forman tus músculos a ambos lados de tu columna. Llego a sentir incluso tu forma de estirarte por las sensaciones cuando lo hago, hasta llegar muy arriba, hasta tu nuca. Pero cuando dejas caer tu sostén me olvido de tu espalda y mis ojos se van a tu reflejo frontal. Veo la forma en que se liberan al aire tus dos pechos, con la piel aún marcada por las estrecheces de tu ropa interior, y mi imaginación se vuelve a desatar. Tú te asomas, te giras a mirarme por encima de uno de tus hombros para provocarme, para seducirme, para incitarme con tu sonrisa, y descubres que estoy haciendo trampa.

- ¡Eh! ¿Qué miras?

Sabes de sobra que te miro a ti, que me estoy dando un atracón de deseo por tu piel y por tu cuerpo, pero finges indignarte conmigo, como si fuera un chico malo que se ha portado muy mal y merece un castigo. Me hago el sorprendido e invento rápido. Ya sabes que cuando estoy excitado las palabras acuden a mí muy deprisa, y ahora estoy muy excitado.

- A esa mujer de ahí, la que está desnudándose, justo delante de ti. Es preciosa.

Me miras fijamente y entiendes. Siempre entiendes mis perversiones.

- ¿Esa, dices? – Señalas el espejo. – ¿La encuentras sexy?
- Mucho. Me da bastante morbo mirar lo que hace con ese tipo calvo…
- Voyeurismo inesperado…
- Eso es. ¿Crees que ese viejo le puede gustar a una mujer tan guapa?
- Parece que sí, ella le pone bastantes ganas. Normal, el tipo ese me pone a mil… y ella no está tan buena como tú dices…

Te acercas al espejo, casi desnuda, y miras tu cuerpo. Señalas sobre el cristal, más o menos en el lugar donde se reflejan algunos defectos que para mí no lo son, y desde donde estoy parece que, realmente, estás señalando a una mujer que está allí, al otro lado, junto a un tipo calvo, cuarentón, sentado en la cama y que observa a las dos mujeres con la baba a punto de rebosar de los labios. Te acercas un poco más al espejo. Te aseguras de que puedo seguir viendo lo que haces, y agarras uno de tus pechos. Lo llevas contra el cristal. La mujer al otro lado hace exactamente lo mismo. Y vuestros pechos chocan uno contra el otro, justo contra el pezón. Veo vuestras dos miradas de lascivia. Me está gustando mucho el espectáculo.

Abres la boca. Mucho. Sacas la lengua, y la dejas colgar por delante de tu barbilla mientras me miras. Luego giras la cabeza y la que me mira es la otra mujer, que también lleva la lengua fuera, y acercáis vuestras caras. Tu lengua lame la suya, competís a daros lametones mientras tus dedos acarician sus labios, y un reguero de saliva recorre el cristal, en línea recta. Tus caderas avanzan también contra el espejo, tu pelvis va media docena de veces hasta allí y vuelve, y aseguraría que estás restregándola contra esa mujer, que me mira con ojos encendidos mientras adelanta un brazo para llevar una mano debajo de tus braguitas. No sé si vas a dejar que te toque directamente allí o si vas a parar el juego, pero puedo ver cómo el elástico de las bragas se tensa alrededor de tus caderas y comienza a desplazarse hacia abajo. Tus nalgas aparecen mientras tus brazos se estiran hacia abajo. Seguro que también le estás quitando las bragas a la desconocida, e imaginarme lo que le estarás haciendo me lanza a un nivel superior de excitación.

El tipo calvo con gafas que estaba sentado en la cama ahora está tumbado. Solo veo su cabezota asomada por encima de su cuerpo, y sus manos haciendo algo con sus pantalones. Aparece su polla, dura, venosa, cabezona, como él, y te veo mirarla con lujuria. Sé que te estás relamiendo, mientras mantienes la caricia total que estás compartiendo con la desconocida. Sé que deseas expresarle a ese tipo cómo agradeces esa erección, y no quiero ser yo quien lo impida.

- ¿A qué esperas? – llego a decir, con voz ronca, la que me sale cuando estoy tan cachondo. La que tanto te gusta que utilice cuando tenemos sexo telefónico.

Parece que la mujer del espejo se te ha adelantado. Levanta una de las piernas, tanto que está muy abierta, y la pone encima de la cama. Luego levanta la otra y comienza a gatear. Se acerca al viejo afortunado. Trae la boca abierta, con la lengua fuera, igual que hiciste tú antes. Poco a poco, se le acerca, pero cuando está casi a punto de lamérsela, esa mujer se gira y me mira. Me mira a mí, a los ojos. Como si me dedicara la felación. Y esa mirada me atraviesa, me recorre y está a punto de provocar un estallido en mi glande. Un estallido de placer.

Tú no te has quedado atrás. No dejas que aquella desconocida te tome la iniciativa y también has venido hacia mí. Lo sé porque siento tu aliento recorriendo mi escroto, porque una gota caliente de tu saliva cae en uno de mis muslos y porque mi polla desaparece en el interior de tu boca. Es magnífico. Por un segundo me olvido de la pareja del otro lado del espejo. Me aspiras con un ansia sorprendente, te dedicas con total concentración. Quizá tú también te has olvidado de los dos de ahí enfrente. Pero yo no puedo evitarlo y saco la cabeza por un costado para ver cómo se ve lo que están haciendo allí. El tipo calvo de las gafas ha tenido la misma ocurrencia que yo. Intento evitar el contacto visual, y busco imágenes de la desconocida. Está aplicada a lo mismo que estás tú, con voluntad inquebrantable, el culo en pompa y las bragas a medio quitar.

- ¿Cuál de las dos lo hace mejor? – te pregunto.

Apartas la cabeza y os miráis, mientras mantenéis el movimiento con una mano. Os sonreís, lascivas, y os miráis a los ojos mientras volvéis a chupar. Como un campeonato, como una prueba, a ver quién es la primera que desvía la mirada. La otra no parece que vaya a parar de felar, pero te aseguro que yo estoy disfrutando muchísimo de la pugna. Entonces algo pasa. La desconocida deja de mirarte y me mira a mí, a los ojos, mientras sigue metiéndose la polla de ese viejo tan dentro como puede en la boca. Es una mirada tan intensa y tan sensual que la siento muy profundo, y será mejor que desvíe yo la mirada, o acabará todo. Tengo tu culo a la distancia de una mano y disimulo bajándote las bragas. Aprovecho y te hago caricias que sé que te gustan en sitios muy secretos, en lugares que ahora me encuentro mojados y calientes pero que yo deseo que lo estén más.

He deslizado la yema de mi dedo corazón entre tus labios mayores, para comprobar el nivel de lubricación, y estás tan mojada que he acabado buscando entre los menores. Lo primero que quiero encontrar no está en la superficie, sino debajo de la piel, y quiero localizarlo para centrar en él un montón de cosas que irán ocurriéndoseme, como siempre, ya sabes. Sigo la forma de tus pliegues sin ver nada de lo que hago pero sabiendo exactamente por dónde me desplazo y noto el bulto turgente que busco. Gracias a la lubricación el contacto es totalmente suave y puedo acariciarte en ese punto que tanto te gusta. De alguna forma lo que te hago repercute en lo que estás haciéndome tú, porque las trayectorias de tu boca a lo largo de mi pene son más largas, más profundas. Pero yo no voy a parar. Con la yema de mi dedo trazo círculos sobre tu clítoris, primero pequeños, apenas oscilaciones, luego cada vez más grandes y acaban siendo verdaderas masturbaciones. Rápidas, intensas, casi una vibración. Me enseñaste hace tiempo a hacértelo así y sé que es como a ti te gusta. Por eso jamás me canso de hacerlo. Luego llevo mi dedo índice más abajo, por encima de tus labios menores, y busco. Sabes lo que busco y dónde quiero acabar entrando. Sé que lo sientes y por eso lo hago despacio, para retardar el momento en que notes la yema asomarse y entrar a tu vagina.

Aún está más mojada. Es normal. Aquí dentro la temperatura es mayor. Mayor incluso que la de tu boca en mi polla. Hago pasar la primera falange y la notas entrar, despacio. Voy con cuidado, por si es demasiado pronto, pero tus caderas empujan para que acelere, así que entro tranquilo. Una segunda falange. Ahora ya estoy dentro de verdad. Meto la tercera. Todo el dedo dentro de tu coño. Empiezo a oscilar, dentro y fuera, y mantengo otro dedo a lo largo de tus labios, para que el movimiento lo arrastre por encima de todo eso, para que sientas el empuje dentro de ti pero también en tu clítoris. En la palma de mi mano se escurren algunas gotas que salen de ti, y decido que ya es momento de que sean dos los dedos. Quiero meterte prisa, quiero que sientas la urgencia que estás provocándome, y sobre todo quiero que disfrutes tanto o más como la mujer del espejo. Pero de momento no es en ella en la que pienso, sino en ti, en la forma de hacerte sentir mis dedos dentro de tu coño, y cuando ya tengo el índice y el corazón hasta la segunda falange los contraigo, como si fueran un gancho, como si quisiera rascarte en la parte anterior de la pared de tu vagina, como si supiera que ahí hay un punto más rugoso y lo buscara solamente para ver qué sientes, para notar tu reacción. Y vaya si lo noto, a través de tu boca, en mi polla. Y también la oigo.

Hay un gemido, con voz de mujer. No tengo muy claro si sale de ti o de la del espejo, pero ambas reaccionáis igual a lo que sea que habéis sentido. Tú te escurres, rápida, por encima de la cama, y mi mano se queda en el aire, con una gran cantidad de jugos goteando. Te desplazas arrodillada sobre las sábanas y parece que tienes muy claro qué es lo que quieres hacer y dónde quieres ir. Pones una rodilla a cada parte de mis caderas, dándome la espalda, y, como si fuera lo que más necesitas en el mundo, levantas mi polla en vertical y te dejas caer para que entre dentro de ti. Sé que estás lubricada, pero me sorprende la facilidad con la que se desliza. Apenas puedo verte más que la espalda y el culo, pero la mujer del espejo parece que está dedicándonos algún tipo de espectáculo, un especial para nosotros. De hecho, diría que es para ti, que quiere que tú la veas disfrutar. Y, lo que más me sorprende, tú también estás actuando para ella. Mi espejo es tu público. Me cabalgas sin miedo, sin freno, sin medida, empujando las caderas hacia delante como si quisieras enseñarle a la mujer del espejo cómo lo haces, como si quisieras que viera cómo se mete mi polla en ti. Como si le retaras a que se follara al viejo ese de la misma forma que tú me lo haces a mí. Y parece que lo consigues, porque te imita en todo, también te mira, encendida, y también levanta las caderas en el aire para que la veas abierta y penetrada. 

- ¿Has visto cómo se folla el viejo a esa tía? – te digo – ¿Crees que ella está disfrutando?
- Te aseguro que sí…
- ¿Te follarías al viejo?
- Claro, en cuanto ella me deje un hueco me tiro encima de él. ¿Y tú te la follarías a ella?
- Una y mil veces…
- Yo también…

Me dejas perplejo con tu última respuesta. Paras tus movimientos sobre mí y miras fijamente a la mujer a la que acabas de manifestar que te follarías. Avanzas apoyándote en tus manos por la cama, hacia ella, sin quitarle ojo. Ella también te mira, y también viene hacia ti. Gateáis, a cuatro patas, lentamente, pero con una intensidad inmensa que casi puedo sentir. Alargas una mano y llegas al cristal. Ella también lo hace, y vuestros dedos entran en contacto. Luego, las palmas de vuestras manos. Aún estás arrodillada en la cama, igual que ella, y el viejo calvo con gafas se le coloca detrás. Sé lo que va a hacer, y me parece una gran idea. Hago lo mismo. Mientras te vuelvo a penetrar apoyas tu cara en la de esa mujer extasiada, le besas, combates con tu lengua contra la suya, y sobre todo gimes. También jadeas, y suspiras, y yo me muevo dentro de ti, sin interrumpir tu baile con la otra mujer, pero sin disminuir mi ritmo, sin bajar la fuerza, sin parar de barrenar tu coño a embestidas regulares. Miro a los ojos a la otra mujer, por si volviera a mirarme como me miró antes, pero ella solo te mira a ti, solo se concentra en las sensaciones que le producen el tipo que se la está follando y tus caricias. Deslizo mis manos por debajo de tus brazos y agarro tus pechos. Estás justo en el borde de la cama y no quiero que te caigas, agarrarte así será una buena idea. El tipo afortunado del espejo parece que también está de acuerdo y coge a su amante de la misma forma. Y ahora sí, voy a seguir follándote así hasta el final, porque sé que es como más te gusta, porque sé cómo sientes crecer el placer en esta posición, porque sé que, antes o después, comenzarán las oleadas en tu coño, que estrujarán mi polla y acabarán por hacer que me escurra dentro de ti, que eyacule toda la presión que se ha generado dentro de mí, que derrame todo mi semen en tu coño.

La primera en pasar la línea eres tú. Lanzas ese grito agudo que no puede acabar de salir porque se cierra el aire en tu garganta, ese sonido que siempre me indica cuándo te corres. Casi al mismo tiempo ella también se desploma sobre ti, con otro grito parecido, y os volvéis a besar. La imagen está tan llena de belleza que apenas me fijo en las convulsiones del tipo calvo y dejo que mi cuerpo se libere, que mis caderas te digan cómo he disfrutado, que mis jugos te expliquen cuánto me has excitado y qué bueno ha sido todo lo que ha pasado. Tú te pasas un ratito más besando a esa mujer, pero ahora parecen besos de despedida. Luego te giras hacia mí, me abrazas y me besas, de esa forma tan apasionada y tan dulce que tienes siempre de besarme después de correrte. Somos un ovillo, apretados y entrelazados, y acabamos en la cama, dispuestos a dormir toda la noche.

Al día siguiente me despierto solo en la cama. Son casi las diez, es mi horario habitual de persona parada. Debe de hacer casi tres horas que te marchaste a trabajar, pero tu aroma sigue recordándome que estuviste aquí. Aún huele a sexo, mucho, y en el espejo de la pared están los rastros de tu saliva. Mientras me preparo el desayuno echo un ojo al móvil. Cerca de cuarenta mensajes sin leer. Dios santo, ¿qué ha pasado? Los abro, nervioso. Son todos tuyos. Me tiemblan las piernas. Quizá has estado buscándome, me necesitabas para algo y yo estaba durmiendo. Se abre la ventana de nuestro chat. Un montón de archivos. Unas pocas fotos y un montón de vídeos, que se están cargando. Muy poco texto. No puedo creer lo que veo. Empiezo a visualizar los archivos.

En el primer vídeo apareces tú, en primer plano, casi a oscuras, con tu preciosa cara alumbrada solo por la luz de tu móvil. Estás en la habitación, en la cama, y mueves el plano para que se vea que a tu lado estoy yo, desnudo, durmiendo. Te aguantas la risa como puedes y enfocas a partes concretas de tu cuerpo mientras evitas todo ruido. Luego, una serie de imágenes: planos primerísimos de cada uno de tus pechos y de tu coño, fotos a mi polla y una en la que estás a punto de darme un beso en el glande. También hay un vídeo en el que tu mano se desliza entre tus muslos, por encima de tu monte de Venus. A estas alturas ya sé que no ha habido ninguna desgracia, y cuál es el motivo de tantos mensajes. Me relajo y me dispongo a disfrutar de lo que me quede por ver. El siguiente es continuación de ese, solo que ahora la mano llega más lejos, y tus piernas están más separadas. Hay una frase: “Sigue este ritmo”, y, claro, tengo que seguir tu orden. Cojo mi pene, ya erecto, y empiezo un movimiento para cubrirlo y descubrirlo al ritmo exacto con el que estás acariciándote en ese vídeo. En el siguiente tienes un dedo sobre tu clítoris y estás trazándote círculos sobre él, de esa forma que ya conocemos. Tengo el volumen del móvil al máximo, pero tú intentabas no hacer ruido y apenas te oigo jadear. Hay otro en que estás de pie, con un pie sobre la cama, y un dedo dentro de tu coño. También conozco cómo lo disfrutas. Me sorprende no haberme despertado, ni por el movimiento ni por los jadeos que, ahora sí, estás emitiendo. El siguiente vídeo me sorprende, me impacta, y está a punto de provocar el final de mis movimientos masturbatorios. Estás pegada contra el espejo, como hiciste anoche, y con tu mano libre intentas abrir tus labios y hacer que tu clítoris se roce contra el cristal. Empujas con tus caderas y te deslizas, pero no parece que consigas mayores sensaciones que la propia originalidad de la posición. El último de los vídeos eres tú, de nuevo en la cama, pero a horcajadas. Has dejado el móvil sobre el cabecero. Tienes la almohada entre los muslos, y la estás cabalgando. Es el último y veo cuántos minutos dura, así que sé cómo vas a acabar. Y tengo una idea. Voy a por el portátil, descargo ahí tu vídeo, y uso el móvil para grabarme a mí, mientras veo tu vídeo. En el plano aparece parte de mi abdomen, mi polla dura y venosa agitada por mi mano, mis muslos y, sobre ellos, el portátil, con tu vídeo en marcha. Acoplo la velocidad a la que subo y bajo arrastrando la piel de mi polla a la de tus caderas en el vídeo, acelero cuando tú lo haces, paro cuando lo haces tú, y me lanzo hacia mi orgasmo cuando veo que tú lo estás haciendo. Tengo en primer plano la cabezota de mi polla, comprimiéndose y liberándose con mis sacudidas. Cualquiera que sepa lo que está pasando sabe cómo va a acabar este vídeo. Acelero el ritmo porque veo que tú lo estás haciendo también, dejo que mi garganta gima para que el móvil lo grabe, y, justo en el momento en que en tu vídeo lanzas ese gritito que tanto me gusta oír, de la ranura del centro de mi glande surge una gota gorda y espesa que salta hacia arriba, hacia mi pecho. Y tras ella otra, y otra más, y acabo formando un reguero de semen pegajoso sobre mis abdominales.

Paro de grabarme. Son varios minutos de vídeo, bastantes megas, pero lo voy a mandar, sin ningún género de dudas. En media docena de clicks está en nuestra conversación, y te escribo un comentario para que tomes todas, todas, todas las precauciones posibles antes de verlo. Solo espero que no me hagas caso, que lo veas en una situación inapropiada, que eso haga que sea aún más excitante para ti y que prepares una venganza que esté a la altura. Y que todo eso te sirva para generar una burbuja que te sirva para aislarte en ese mundo al que vas cuando estás fuera de mi casa. 

  

viernes, 24 de marzo de 2017

Pasa, bienvenida.

Pasa, bienvenida. Ponte cómoda, te estaba esperando. Sé que sueles venir a menudo por aquí, como quien no quiere la cosa, sin poner especial interés, pero pinchas en el enlace, o en el marcador de la última vez que entraste, con el aliento más alterado de lo que pretendes hacer creer. Sé lo que te trae hasta aquí, y muchas veces pienso en la mejor forma de que lo encuentres. Quisiera dártelo a manos llenas, pero lo único que nos mantiene en contacto a ti y a mí es este blog, al que te imagino llegar por primera vez por alguna recomendación casual, quizás en Twitter, quizás por pura suerte, y entras sin muchas esperanzas de que tu visita valga del todo la pena. Pero deslizas tus ojos por las primeras palabras con cierta curiosidad, y no puedes evitar imaginarte la situación que te describo. No te culpo, yo la estoy viviendo completamente tal como escribo estas palabras, para dejártelas preparadas como una alfombra sobre la que te deslices hacia la relajación que te propongo.

Quizá me lees en tu casa, en una habitación en la que estás sola y tienes todo el tiempo del mundo para recrearte en mis palabras. Pero algo me dice que no, que tu entrada en este blog es un acto proscrito, un momento clandestino en el que sabes que se despertarán tus sentidos para desconectar de tu vida y sentir tu cuerpo vivo dentro de la armadura que te has forjado para protegerte del mundo exterior, tras años de "tengo que" en lugar de "quiero". Aquí, mientras estés, sólo valen los "quiero", los "siento" y sobre todo los "deseo".

También te daré por buenos los "me apetece", pero esta vez, mientras lees esto, esta vez hablaremos de lo que me apetece a mí. Me apetece ponerte en un aprieto. Me apetece tomar el control de esa situación proscrita en la que te imagino, quizá en el trabajo, o esperando a los niños en la puerta del colegio, o navegando por internet en lugar de estudiar, me apetece hacer que se convierta en una situación tan íntima que tu cuerpo diga "sigue leyendo" y tu mente piense "me van a pillar" o "no tengo tiempo" o "tengo que dejar de leer".

Pero no vas a dejar de leer, porque ahora mismo yo estoy visualizando una parte de tu cuerpo, y tú la vas a sentir tomar protagonismo en cuanto te la nombre. Hay una parte de tu cuerpo deseando que mis dedos la acaricien igual que estoy acariciando el teclado al escribir esto, y que las yemas de mis dedos lo castiguen con suavidad igual que castigo las teclas, sin una sola estridencia, pero con la contundencia necesaria.

Todavía no voy a nombrarte a qué parte de tu cuerpo me refiero, porque antes quiero que hagas algo por mí. Teniendo en cuenta que estás en público, o al menos no estás totalmente libre, quiero que hagas algo que no llame la atención. Quiero que coloques tu dedo índice detrás de la oreja derecha, quiero que deslices la yema desde ahí cuello abajo, y acabes en la cabeza de la clavícula, lo más lento posible, como si te pusieras perfume. Cuando llegues a la clavícula, recorre el mismo camino a la inversa, pero esta vez con la uña. Muy despacito. Está bien la sensación, ¿verdad? Sé que has inclinado la cabeza al hacerlo. Y es algo íntimo que estamos haciendo los dos, tú y yo, sin que nadie más a tu alrededor lo sepa.

Si estuviéramos cara a cara los dos, haría ese mismo recorrido a besos. ¿Te imaginas sentir mis labios recorriéndote el cuello tan despacito como te gusta, justo como te gusta a ti? Yo sí me lo imagino.

Te voy a decir ya qué parte del cuerpo visualizaba antes. Quería tardar mucho más en decírtelo, pero se me está empezando a ir esto de las manos. Pronto voy a decirte obscenidades, ya sabes cómo soy, vienes a menudo. Y si no lo haces quisiera que lo hicieras. Y quiero que sepas que todas las palabras que me vengan a la cabeza serán por ti. Únicamente por ti, por tu cuerpo, por el tiempo que dedicas a leerme a mí y a mi cuerpo. 

Tengo en la mente la imagen de un trozo de piel que quizá esté más alterado de lo habitual. Está protegido por la ropa, e incluso detrás del escudo del sujetador. Ausente a todo lo que le rodea, a esa situación pública de la que te escapas aquí dentro. Dormido, aunque confío que ya algo despierto. Me imagino tu pezón izquierdo, tomando cierta forma, elevándose sobre el resto de la piel y empujando el tejido con poca fuerza. No lo ves, pero también te lo imaginas. ¡Wow! En cuanto lo he nombrado lo has sentido, ¿a que sí? Y estiras los hombros hacia atrás para que tu ropa lo presione y lo acaricie, y la sensación se hace más física, más real. Y no sé cómo de inapropiado será para ti ahora mismo hacerlo, pero daría lo que fuera por que te lo pellizcaras, con suavidad, por encima de la ropa. Sólo un poquito, hasta que sientas la corriente eléctrica atravesarte suavemente. 

Si lo has hecho te contaré qué parte de mí está reaccionando al pensar en ti tocándote así en público, y sobre todo imaginando los cambios que debe estar sintiendo tu cuerpo. Porque es francamente injusto que hayas hecho eso con tu pezón izquierdo, pero dejes al derecho carente de atención. Sí, lo has adivinado, voy a pedirte que hagas lo mismo con tu pezón derecho. Ése es un poco más sensible, ¿a que sí? Está más excitado. Como yo.

¿Crees que puedes seguir disimulando? ¿Se nota mucho? ¿Demasiado descarado? Espero que sí, quiero que el "esto está mal" te excite tanto como a mí. Y para comprobarlo, quiero que te pellizques ambos pezones, a la vez. Sobre la ropa. Te propongo que disimules cruzando los brazos, pero si quieres hacerlo de una forma más evidente serás una alumna aventajada, y tendrás que contarme cómo lo hiciste y qué pasó a tu alrededor. 

Ahora ten cuidado, tienes los pezones estimulados, y quizá la ropa no lo disimule. Es verano y no hay tantas capas de tela como sería aconsejable para que no se te noten. Por mí perfecto, te imagino la forma de tus pechos empujando tu vestido o tu blusa y resaltando en su centro el bultito tan sensible, y me arrodillaría ante ti para reposar mi cabeza entre ellos, para besarlos, lamerlos y acariciarlos hasta que me pidieses que parase de hacerlo. Si es que alguna vez te cansases de ello. 

O quizá hasta que me pidieses que avanzase a otras partes de tu cuerpo que deben estar despertando también. Pero eso ya llegará. Ahora sólo quiero que te concentres en la sensación de tener tus pechos alterados y estimulados entre la ropa, en los movimientos imperceptibles que haces con la espalda para sentir el roce de la tela sobre los pezones, y la forma en que tu cintura oscila levemente a la espera de más instrucciones por mi parte. Quiero hacerte más, quiero hacerte mejor, pero también quiero saber si estás tan excitada como yo. Espero que sí. 

Lo que te voy a pedir ahora será muy complicado de cumplir. Quiero que cierres esta ventana del navegador, te vayas a seguir con las cosas que estés haciendo, en tu trabajo, con tu familia, estudiando, y que te quedes con las sensaciones que has sentido, y sobre todo, que experimentes la aventura de la excitación prohibida. Quiero que dejes tu cuerpo avanzar, que imagines cómo voy a seguir contando esta historia, y que me cuentes lo que te gustaría que te hiciese, hasta dónde quieres que te lleve, y de qué forma. 

Deja un comentario para saber que me has leído, y sé todo lo sincera que tu cuerpo te pida ser, cuéntame lo que pasa ahora mismo por tu mente y, sobre todo, por tu cuerpo, y si me convences, continuaré avanzando letra a letra hasta donde deseo llegar desde que entraste en este blog. 

Llévate un beso para el camino. Espero tus comentarios.  

Y si quieres seguir leyendo, si te atreves a seguir enfrentándote a lo que se me haya podido ocurrir, sigue aquí:

Bienvenida de nuevo.
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Vuelta a casa

Llega a su casa empapado en sudor, como cada uno de los malditos días del mes de Agosto que lleva trabajando en esa oficina. Sentir cada segundo del día la humedad de Valencia le pone de mal humor, pero despierta sus sentidos de una forma muy sutil. Después de estar toda la mañana atendiendo a las jóvenes clientes que le sonríen desde lo imposible de las fantasías que provocan en su mente tiene la cabeza repleta de formas turgentes y cuerpos sugerentes, y entre todas esas imágenes destaca una en concreto, la de una mujer a la que sigue en Twitter y que ha sabido meterse dentro de alguna parte muy privada de su ser, mostrando, y, sobre todo, ocultando. Cada vez que se acuerda de alguna de sus imágenes hay alguna parte de él que da un pequeño aviso de que también existe. 

Mientras se desata la corbata enciende el portátil. Desabrocha su camisa pegada al cuerpo por el sudor dejando pasar el tiempo entre cada botón, para sentir cómo el aire entra en contacto con su pecho y le va proporcionando segundos de sensaciones. Los zapatos también desaparecen cuando acaba de introducir la contraseña, y antes de que la sesión esté arrancada ya se ha quedado en ropa interior. Mientras decide si le apetece ponerse algo de ropa encima, abre el navegador y se va a Twitter.

Su cuerpo le lleva a buscar lo que ella haya podido compartir hoy. Ayer él mismo ya se lo hizo saber con un tuit, “La erección repentina del momento en el que se te ocurre entrar a ver qué se le ha ocurrido esta vez”, porque es así como se siente. Basta con pensar en las cosas que puede haber compartido para que su cuerpo organice un buen alboroto dentro de su ropa interior.

Pero hoy la cosa cambia. Cuando observa la primera imagen, una boca lasciva y sexy pasea una y otra vez su lengua de un lado a otro. No es solamente una boca bonita. Es una boca diseñada para ser mordida. Tiene la forma exacta, las dimensiones, el color. Sólo puede pensar en morder esa maravilla. Se imagina en su oficina atendiendo a la mujer que usa esa boca, y mientras ella se acerca a su mesa, él se levanta, sin apenas dar los buenos días, coge su cara con suavidad y abraza esos labios jugosos con sus dos maxilares. Para después, cuando ya no pueda ver la forma de sus labios, sacar la lengua y encargarse de la suya. Se la imagina encontrándose con ella por la calle, en un autobús, conociéndola en la boda de un amigo, y cada vez que vuelve a caer su vista sobre esa boca, vuelve a sentir entre sus dientes la turgencia imaginada de esas maravillas de labios.

“¿Puedes prestarme tus labios? Es para una cosa. Bueno, para varias. Y varias veces” le tuitea a bocajarro, sin pensar demasiado en lo que puede entenderse. Cuando lo lee de nuevo se da cuenta de lo que puede parecer, y no le desagrada en absoluto. Aunque quizá resulte demasiado apabullante.

En su ropa interior se ha desatado ya el alboroto esperado, pero éste comienza a ser más poderoso. Por lo general es un simple cambio de tamaño, algo que simplemente está más grande y más duro de lo normal, pero es una simple circunstancia, una apariencia. Esta vez es más profundo. Es como un bostezo, como un crecimiento que sale de dentro hacia fuera, como un aviso de que está preparado para aquello para lo que está diseñado. Pero aún no ha llegado a su máxima expresión.

En el siguiente tuit, ella ha enlazado otra imagen. O sería mejor llamarlo las puertas del Infierno. O del cielo. Es la maravilla más tentadora que el pobre chaval se ha podido echar a la cara en meses. Su boca, perfecta y retadora, muerde su labio una y otra vez, en bucle, provocando que la vista oscile entre su cara y su torso desnudo, brillante, turgente, cubierto por su propia cabellera en los lugares estratégicos, e iluminado por claroscuros que reflejan las formas perfectas de su cuerpo. Incluso puede oir un ligero suspiro al final de cada bucle, un pequeño “hummm” que no está ahí, sino en su cabeza. Y en las manos del joven comienza a sentir la densidad de esa carne, comienza a imaginar cómo sería acariciar y sopesar ese cuerpo joven y lascivo con cada una de las partes de su cuerpo, disfrutando y haciendo disfrutar, compartiendo el sudor y la piel, y provocando más pasión a cada nueva caricia.

No puede evitar imaginársela en su casa, conectando la cámara para hacerse la foto. Desnudándose, poco a poco, pensando qué clase de foto desea realizar. Decidiendo si mantener secretos que aún no ha revelado, o lanzarse a alguna más atrevida, tal vez. Quizá dejar claro la perfección de su cuerpo, cubriendo con tanta sutileza que no quede duda de nada. O mejor que todo eso, tomar las riendas. Se la imagina apoyándose en la pared, sabiendo que la foto que se va a tomar la va a elevar por encima del resto, la va a colocar en un nivel superior en el interior de los hombres que la vean, le va a conceder el poder de la levitación levantando penes allí donde su imagen sea enlazada. Y pulsa el click henchida de orgullo de su propio cuerpo, de su sensualidad. Y bastante excitada. Ahora ella tiene el poder de conquistar a los hombres.

Y él se rinde a ese poder.

Su ropa interior ya no le sirve de nada, lo que tendría que cubrir está libre de toda tortura aprisonadora. Le escribe un tuit que no representa del todo lo que siente: “con esto ya has traspasado una línea, ya estás en otro nivel. Hay una parte de mí esclava tuya. Cuídala, está a tu cargo” pero sí está cerca de lo que quisiera decirle. Ahora mismo, esa parte de él que está esclavizada no es más que un juguete para ella, se lo ofrece por completo a la espera de que ella haga todo el uso de ello que desee, hasta que quede satisfecha, incluso exhausta, y en tanto, mientras ella lo usa, él podrá disfrutar del viaje.

Esa bendita parte de su cuerpo está mirando por encima del teclado del portátil, formando parte de todo eso. Ahora sí está en su máxima expresión. La sensación de crecimiento, de bostezo, que iba creciendo desde dentro la posee por completo, y está comenzando a apoderarse también de sus dos compañeros, comprimidos hacia su abdomen a pesar del calor. No puede dejar de encontrar excusas para dejar ir un par de dedos del teclado del portátil para comprobar la turgencia que asoma entre sus manos, y las sensaciones que recibe a cambio le tientan a no dejar de hacerlo.

Y entonces tiene la mejor idea del mundo.

Abre un documento nuevo y comienza a describir los momentos que le han llevado hasta éste. Tecla a tecla. Intentando contener la pasión que siente, para evitar que se trate de un montón de obscenidades. Sólo quiere contar cómo le provoca la piel que reluce en la foto de baja definición, cómo le fascina la turgencia de su cuerpo en las muchas fotos que se ha tomado y ha compartido, cómo palpita su pene entre sus dedos mientras escribe todo esto.

No es un gran texto. No es demasiado erótico. Solamente es sincero. Completamente. Es la narración en tiempo real de las reacciones que ha provocado un par de imágenes, con la colaboración especial de su glande, apoyado en el teclado del portátil, y sujeto con ambos pulgares mientras escribe. De vez en cuando, cada diez o doce palabras, deja que los pulgares suban y bajen llevándose arriba y abajo la piel que a duras penas lo recubre, y la sensación le gusta. De hecho, cada vez que lo hace repite más veces el vaivén, e, incluso, esta última vez que lo acaba de hacer ha sido con el puño cerrado sobre su tronco.

Es particularmente agradable la sensación. En el vértice del glande aparece de vez en cuando una gota, y la extiende con cuidado de no manchar el portátil, y cuando lo hace siente chispas que le hacen dar un respingo. Es una bonita polla, incluso tiene alguna foto que lo atestigua, pero no es tan valiente como ella. Quizá algún día se atreva a colgarla de alguna página con la que no puedan relacionarle, pero será otro día.

Lo que hoy le queda por hacer es terminar lo que ha ido empezando entre frase y frase. Sus caricias ya han tomado el mando y sabe muy bien cuál será el final. Esta vez tiene muy claro cuál será la imagen que verá en ese último segundo antes de dejarse ir, sabe cuál será el final de la fantasía y qué será lo que estará mirando cuando libere las puertas de su cuerpo para que derramen en libertad.

Sólo espera que ella también lo disfrute como lo que es, un momento compartido de sensualidad, y nada de lo aquí dicho llegue a ofenderla. Y que, si eres una visitante casual que ha pasado por aquí y has leído esto, seas quien seas, dejes tu opinión si te apetece y me cuentes qué sentiste al leer todo esto, o cualquiera de las otras cosas que puedes leer aquí, pinchando en el nombre de este blog.


 

martes, 28 de junio de 2016

La gota.





Pues sí, ha aparecido. En lo alto de la curva, en la cumbre de la colina, sobre la hendidura, como si fuese un líquido vergonzoso y tímido, ha aparecido la gotita densa y pegajosa que indica cómo está el resto del cuerpo venoso y palpitante que constituye mi polla.

Tengo el glande hinchado, duro, como la cara de un boxeador jubilado, desbordada por la presión sanguínea, con una forma casi triangular de tanto que se han ampliado los "alerones". Es un glande hermoso, lo más bonito de mi polla. Y muy sensible. Debajo de él está todo el pellejo estirado y tenso, porque la erección está a punto de batir algún record, aunque sepamos que aún puede ser más grande. El lunar sigue en su sitio, centrado y un poco ladeado, y las venas aprisionadas bombean su sangre contra la piel supertensa.

Dentro de todo ese cuerpo erecto hay una sensación, como un stand by, como un placer de reserva que avisa del placer verdadero que sentiré si le dedico el tiempo adecuado. Como una tentación, algo así como "tócame y verás cómo lo disfrutas". Y sí, lo toco y lo disfruto.

Pero lo que me tiene más fascinado es la gota, algo más grande ya, que se mantiene en equilibrio en lo alto del capullo. Sé que es tuya, que es para ti, pero voy a hacer usufructo de ella. Con la yema del pulgar la aplasto, vilmente, y la arrastro por todo el glande. La sensación es magnífica. Una serie de rayos de placer me atraviesa en un segundo y me retuerzo sobre la silla. Pero no hay bastante gota para todo el glande. Así que me agarro la polla con la mano, cerrando el puño sobre el tronco, y bajo hacia abajo, y vuelvo hacia arriba. Algo de piel se ha podido asomar sobre el glande, tirando de ella, pero cuando suelto vuelve a su sitio habitual. Ese movimiento ha bombeado otra gota. Vuelvo a hacer lo mismo.

Tengo varias zonas húmedas extendidas sobre la superficie de mi glande. Se va secando el líquido por el calor que desprendo, pero es un verdadero vicio acariciarme así. ¿Crees que podrías prestarme algo de tus jugos para untármelos en la superficie de mi polla? ¿Para deslizar mi mano y sentir estas sensaciones? Seguro que sería una delicia.

Acabo de quitarme la poca ropa que me quedaba. Me encanta sentirme así, desnudo en el aire cálido de junio, con la erección delante de mí, venciendo a la gravedad, señalando mi camino, "adelante, adelante", o mejor "dentro, dentro". Porque no olvidemos que esto que estoy tocando entre frase y frase, esta pieza de carne palpitante que agito de vez en cuando, está diseñada para penetrar, para follar, para entrar dentro de cuerpos como el tuyo, de coños como el tuyo, mojados y excitados como, espero, está el tuyo. Entrar, y salir, y entrar, y salir. ¿Te lo imaginas? Seguro que sí.

He parado unos instantes. Ya tengo en mis testículos la sensación de que estoy completamente encendido. Dispuesto. Es una sensación como si mis testículos flotaran, como si fueran ingrávidos. Pero siguen estando ahí. Lo he comprobado. He acariciado el escroto y sigue albergándolos. Dentro de un rato los cogeré con fuerza y tiraré de ellos, cuando esté muy muy cachondo, imaginando que es una boca quien los chupa y los sorbe. ¿La tuya, quizá?

Uf, esto me va a matar. O sigo avanzando hasta el final o estos parones acabarán volviéndome loco. Necesito seguir. Seguro que tú también. Porque voy a imaginarme cómo tú me imaginas a mí en este momento, voy a tener en mi mente tu cuerpo mientras me tienes en tu mente. Y sé que voy a correrme, en casi completo silencio, con gotas espesas y pegajosas que harán un reguero sobre mí y provocarán otro en tu interior, si no lo han provocado ya.

***

En efecto, ha ocurrido. Todo lo que pugnaba por salir ha salido, todo lo que deseaba ser acariciado ha sido acariciado, todo lo que necesitaba ser saciado ha sido saciado. La imagen mental que me llevó al lugar al que quería ir fue muy sencilla. Yo estaba sentado en mi silla, una silla de despacho normal, sin reposabrazos, y tú estabas sentada sobre mí, con los pies en el suelo, tan cómoda como quisieras. Fuiste tú, la tú de mi mente, la que presionaba mi polla, la que la agitaba, la que tiraba de ella y luego volvía a empujar, y era tu coño, caliente y mojado, lo que lo apretaba, y no mi mano. Y, tengo que confesarlo, he durado muy poquito, ha sido tan excitante todo esto que en cuanto me imaginé dentro de ti todo salió fuera de mí, en borbotones espesos y pegajosos que me iban arrancando la respiración a oleadas, que provocaban vibraciones de placer y que me han dejado exhausto. 

Espero que tú también lo hayas sentido, goteando dentro de ti, palpitando, caliente y pegajoso, allí dentro, dentro del todo.

Un beso, ahora sin prisa.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Soñando con la doctora



Se sentó en el sillón de la consulta con cierto reparo. No era la primera vez que acudía, llevaba varios meses asistiendo a terapia, pero era la primera vez que iba a contarle cosas que probablemente la hicieran sentir incómoda.

–       Buenos días, Wanderer, ¿qué tal? ¿Cómo estás hoy? ¿Estás preparado para contarme tus sueños?
–       Señora doctora… - se puso nervioso como un chiquillo. Sentía el calor en las mejillas y el sudor en las palmas de sus manos.
–       ¿Qué te pasa, Wandy? ¿Por qué estás tan tenso?
–       Verá, señora – ella le miraba a través de sus gafas, con sus enormes ojazos azules. Era la única psicóloga de todas cuantas había conocido que no le miraba con condescendencia. – Esta noche he tenido un sueño muy especial.
–       Muy bien, será especial que me lo cuentes.
–       Es que, verá…
–       ¿Sí?
–       He soñado con usted.
–       Me halagas, Wanderer, pero no te sientas incómodo. – no hay reproche en su gesto, ni enfado, casi parece una sonrisa de aprobación – Es normal soñar con las personas que te rodean, están presentes en tu mente y su imagen…
–       No ha sido un sueño erótico – casi grita para decirlo, como si fuera una disculpa.
–       ¿No lo ha sido?
–       Bueno, sí, un poquito…
–       Cuéntamelo, venga.
–       ¿Seguro?
–       Estás deseándolo…
–       Pero hay muchos detalles, muchas cosas que hacía, muchas formas de hacer según qué cosas…
–       ¿Qué temes? ¿Que me escandalice? ¡Qué cosas tienes!

Wanderer miró fijamente a la Doctora Anna para saber si hablaba en serio. En efecto, estaba deseándolo, porque tenía las imágenes de su sueño bailoteando entre su mente y su piel, y había una parte de su cuerpo que aún no había podido salir del sueño. Empezó a poner en orden las imágenes y fue narrándolas una tras otra, pero no podía quitarse de encima cierto reparo hacia cómo podía sentarle todo lo que iba a contar.

El sueño comenzaba como tantos otros sueños de Wanderer, con un grupo de mujeres sensuales bailando e insinuándose a sus ojos. Oscilaban alrededor de una cama, y cuando, en su sueño, se acercó, no le sorprendió darse cuenta de que todas ellas eran la Doctora, que iba escuchándole a medida que se lo contaba, sin ningún gesto de reprobación ni rechazo.

Wanderer soñó que tenía una cámara fotográfica en sus manos. Una máquina antigua, con fuelle, con cámara oscura, colgando del cuello, apoyada en su cintura. Frente a él, todas las mujeres menos una habían desaparecido, quizá se habían ido o quizá fusionado en una sola, que ahora se tumbaba en el colchón moviéndose lentamente, posando para las fotos que él iba haciendo con los botones y los artilugios de la antigua cámara.

Al principio eran fotos totalmente inocuas, fotos para dejar constancia de su arrolladora hermosura, de su sensualidad, pero pronto las imágenes que se iban plasmando dejaban ver mucho más, comenzaban a ser más atrevidas, se aventuraban más en el cuerpo y en la sexualidad de Anna, y, tumbada sobre el colchón de su sueño, Wanderer pudo ver cómo su doctora comenzaba a quitarse piezas de ropa.

Se aclaró la voz y siguió contando. Contó cómo las fotografías comenzaron a ser juegos sugerentes, a explicar cómo los dos jugaban a hacer ver más con la imaginación que con los ojos, cómo se entendían en un proceso de descubrimiento que iba mostrando más y más del magnífico cuerpo de la doctora. Wanderer comenzaba a estar muy excitado, pero era un sueño y las prioridades son distintas en los sueños. Ahora sentía la prioridad de fotografiar a Anna todo lo que ella deseara ser fotografiada, por completo, hasta el fondo, primero poco a poco y luego más intensamente, una foto tras otra sin descanso.

Mientras, la doctora se agitaba sobre el colchón y jugaba con él. Con apenas la ropa interior intentaba atraer a Wanderer hacia ella, para que la fotografiase de muy cerca, le rodeaba la cintura con las piernas, le agarraba del cuello para llevar su cámara de fotos sobre su cuerpo, se reía, le decía cosas como “fotografíame, sí, házmelo”. Y mientras, él, pardillo e inexperto con la fotografía, se escurría de sus manos y de sus piernas y seguía buscando posturas, enfoques y encuadres adecuados para que la fotografía fuese satisfactoria. Preparaba fotos tomando con sus manos partes del cuerpo de Anna, comprobaba su firmeza, amasaba un pecho como se amasa un cono de masa de pan turgente, deslizaba sus dedos sobre la piel de su cuello, movía un poquito los tirantes de su ropa interior imaginando la foto, y se desentendía de las miradas provocativas y las propuestas cada vez más evidentes de su doctora, no sabía muy bien por qué.

Por un momento paró de narrar y se fijó en su doctora, en la sala de la consulta. Le escuchaba contando todos los detalles, con las piernas cruzadas, con una mano apoyada en la rodilla y la otra en su cuello, con una sonrisa dulce y una mirada cálida, que Wanderer no acababa de entender. Igual que no entendía el rubor que subía a sus mejillas ni la forma en que ladeaba su cintura sentada en la silla. Pero no quiso entrar en averiguaciones y siguió narrando.

Desatados ambos, uno por la pasión por la fotografía, el otro por las ganas de ser fotografiada por completo, las piezas de ropa interior pronto volaron y al fin las fotos comenzaron a ser íntimas. Tenía muy clara en la mente la imagen del primer pezón que pudo fotografiar, erguido, sonrosado, excitado. La turgencia de sus pechos y la forma de sus nalgas. Su ombligo, su cuello, sus labios. Fue fotografiándola centímetro a centímetro, como si quisiera encontrar el lugar más hermoso de su piel. Incluso un par de lunares, gemelos, orbitando uno junto al otro, en su escote, lugar magnífico donde perder besos y respirar olores.

Y en ese punto la doctora Anna interrumpió su narración. Desabrochó dos botones de su blusa, abrió la tela y le mostró dos lunares idénticos a los que había descrito. Y le guiñó el ojo mientras desabrochaba el resto de su blusa. Los ojos de Wanderer se desorbitaron pero ella le insistió en que siguiera narrando. Como pudo intentó recordar por dónde iba, y llegó a la imagen que más clara tenía de todo el sueño.

Anna, ya desatada sobre el colchón, incitando descaradamente a Wanderer para que se la fotografiase por fin, había llevado sus dos manos entre sus muslos. Las movía, eso era evidente, y lo glorioso de esa imagen no podía ser captado en una sola imagen, necesitaba que fuese un vídeo, así que lo que tenía sobre su cintura dejó de ser una cámara antigua y pasó a ser una cámara de vídeo moderna, gentileza del reino de los sueños, y la imagen de sus brazos moviéndose, de sus muslos apretándose entre sí, de sus dientes mordiendo sus labios, de sus caderas agitándose a un ritmo cada vez más frenético, fueron registradas una y otra vez, hasta que por fin separó sus muslos, y su objetivo pudo captar, en toda su plenitud, los magníficos labios abiertos de par en par del coño de Anna, enrojecidos, mojados, pegajosos, y sus dedos, algunos aprisionando su clítoris, otros entrando y saliendo de su vagina, mientras los caderazos que su doctora lanzaba al aire hacían cada vez más evidentes que el orgasmo estaba cerca. Y mientras, Wanderer estaba justo entre sus muslos, enfocando su coño de frente, hasta el fondo, para no dejar pasar ni una de las contracciones del cuerpo de Anna en su sueño.

Y cuando por fin la Anna del sueño lanzaba un pequeño grito, luego aguantaba la respiración durante tres segundos, otro grito, otros tres segundos, y finalmente caía sobre el colchón sin sacar sus dedos de dentro de ella, la Anna de su despacho, sin camisa y con la falda desabrochada observaba fijamente a Wanderer, mientras narraba todo, y le preguntó, sin el menor atisbo de duda:

–       Y tú, ¿te corriste? – lo ha preguntado tan a bocajarro que ni siquiera le ha sorprendido.
–       ¿En el sueño? No.
–       ¿Y sabes por qué?
–       Ni idea…
–       Porque tenías que correrte ahora, cuando yo me encargue de ti, aquí.
–       ¿Qué quiere decir, doctora?
–       ¡Oh, por dios! No me llames doctora, ya sabes quién soy y dónde estamos. Fóllame, pero de verdad, sin cámaras. O te despertarás y olvidarás los dos sueños, el que has tenido y el que estás teniendo. Ven, lo estás deseando.

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Qué quieres que te cuente?

Hola. Se me ha ocurrido una idea. Podemos llamarla "oferta" o "concurso" o "campaña". En definitiva es un juego entre tú y yo.

Si quieres participar, basta con que me dejes un comentario aquí o me envíes un tuit, explicando qué historia te gustaría que escribiera. Puede ser una fantasía, una idea que se te ocurra, alguna situación que te excite o cualquier otra forma de montar un relato de los que ya sabes que suelo escribir. Puedes pedir lo que quieras. Si quieres que sea una historia nueva coméntalo en esta entrada. Si quieres inventarte una forma de continuar alguno de mis relatos, hazlo en el relato en cuestión. Lo que se te ocurra.

Yo elegiré la mejor entre todas las que me hagáis llegar, o si no la mejor sí la que más me inspire, y escribiré un relato, siguiendo las claves que me hayáis solicitado. De esta forma, habrá una historia que será vuestra, tuya. Incluso si hay más de una que lo merezcan, escribiré las que motiven mi imaginación.

Podéis inspirarme como buenamente queráis. Me valen enlaces externos, fotografías, esquemas simples de lo que se os ocurra o cualquier cosa que se os dé a bien inventaros. 

Quedo a la espera de vuestras sugerencias. Despertad mi imaginación. Besos. 

sábado, 2 de agosto de 2014

Bienvenida de nuevo. Bienvenida II



Hola de nuevo, bienvenida. Pasa y siéntete como en tu casa, en una intimidad similar a la de tu dormitorio. Tómate lo que quieras, un refresco para ese calor que te agota, o un cóctel para levantar ese humor que se resiente por el trabajo o el estrés. Aquí no hay nada de eso, no existen jefes, ni ruidos, ni compromisos ni urgencias. Aquí no hay envidias ni comparaciones ni necesidades. Este es el lugar más íntimo del mundo, porque es el lugar que tú estás imaginando. Ni siquiera es el que yo te describo, es el que tu mente y tu cuerpo está fabricando mientras lees. Yo solo soy una excusa.

Sé que has venido hasta aquí por pura casualidad. Abriste un día una ventana, pinchaste un enlace y leíste algunas cosas que te gustaron y despertaron tu curiosidad. Eso se lo debemos agradecer al Destino. El resto se lo vamos a agradecer a la Naturaleza, por haberte creado con el cuerpo que tienes, sensible, activo, que reacciona a los impulsos, que siente sed, deseo, pasión. Y que sabe lo que necesita para satisfacerse. Cuando llegaste leíste varios textos de mi blog, con mayor o menor agrado. Pero uno de ellos era particularmente insolente. Era especial, no contaba una historia, contaba tu historia, narraba cómo te sentías rodeada de prisa y necesidad y te ayudaba a despertar tu prisa y tu necesidad; con palabras tiernas te acabó convenciendo para que, en medio del parque, o de la reunión de trabajo, o de la tienda, o en el comedor familiar atestado, te pellizcaras los pezones sin que nadie se enterara. Era una locura pero lo conseguí. Lo conseguimos. Lo recuerdo, para mí también fue excitante juntar las letras que te lo pedían, y si has llegado hasta aquí, es que cumpliste todos los pasos que te indiqué, y quieres que avance. Un avance hacia abajo, todo un reto.

Sin duda sientes esa sensación tan placentera de ebullición entre las piernas, sin poder tocarte, y te preguntas qué puedo ofrecerte en este segundo post. Lo que quiero que hagas va a ser mucho más atrevido esta vez. Los dos sabemos qué parte de tu cuerpo tiene que entrar en acción ahora, y los dos sabemos que tienes que hacerlo de la forma más discreta posible. Así que necesito que seas capaz de controlarte. ¿Qué me dices? ¿Serás capaz de controlarte?

Sí, has acertado. Esta vez la acción no será sobre tus pezones, así que despídete de ellos con un suave pellizco, como el que hiciste antes, porque la parte de tu cuerpo que va a entrar en juego esta vez está más abajo. Efectivamente, así es. Ahora vamos en serio.

Al bajar las manos de tus pechos inconscientemente las has pasado sobre tu abdomen. Sé que lo has hecho, y si no, hazlo. Como si no fuera contigo, como si fuese lo más normal del mundo, como si te rascaras o como si buscaras algo, elige tú según la situación. Arrastra las yemas de tus dedos desde donde estaban en tus pechos por encima de tus costillas, por tu estómago, por tu ombligo, y baja un poco más. Aprovecha que estás leyendo esto en un móvil, una tablet o un monitor para mostrar que prestas toda tu atención y finge que tus manos tienen inercia propia. Llega un poco más allá de tu ombligo. ¿Te atreverías a ir un poco más allá? ¿Con toda la gente que tienes alrededor? ¿Te tocarías?

No te voy a pedir que lo hagas, pero si la situación te lo permite, si estás tras una mesa, o no hay peligro, me gustará saber que lo has hecho. Por encima de la ropa. Pulsa sobre tus pliegues. Solo un poco. Te ha gustado, lo sé. Y ahora no puedo pedirte que pares, pero quizá te guste más esto que te voy a pedir.

Ahora sí, ahora viene el verdadero reto de este post. Necesito, y tú también necesitas, que encuentres un lugar, una cosa, un sitio donde apoyarte. Si estás entre la gente, en un despacho, o una tienda, puede servir una silla de despacho, o un cajón medio abierto. Si estás en un parque, la esquina de un banco. En un súper, la arista de un carro de la compra. Cualquier cosa en la que puedas reclinarte de la forma más disimulada posible, y que puedas apretar sobre tu coño, solo un poco, para que lo sientas inundarte de placer.

Ojo, no quiero que te masturbes. Ya vendrá otro post que te ayude a masturbarte y a alcanzar el orgasmo y a volvernos locos los dos. Ahora quiero simplemente que, fuera de todo el mundanal ruido que te rodea, crees una burbuja de intimidad entre tú, tu coño y, por ejemplo, una silla, mientras lees este texto con gesto concentrado, para que nadie sospeche. Y que simplemente empujes, un poquito, sin espectáculos de barra americana ni jadeos, solo una ligera presión con tu pelvis, cuentes hasta diez, y te separes. No mucho rato. Quizá, si quieres atreverte, puedes iniciar un suave movimiento oscilatorio, pero no olvides que debes ser discreta. Luego, un rato después, con cualquier excusa, vuelves a la misma posición, cuentas hasta diez, y te separas otra vez. ¿Me contarás contra qué te apoyaste? ¿Me darás los detalles? ¿Me dirás cuántas veces te olvidaste de contar hasta diez y te limitaste a disfrutar?

Sé que dejarte aquí es poco menos que una putada. Hazme saber que has llegado hasta aquí y te contaré lo que tengo reservado para ti más allá de este post. En el fondo sabes que valdrá la pena, y por eso me estás leyendo ahora y me leerás después, porque te lo pasas muy bien (y muy mal) leyéndome.

Y lo más importante, ¿me dirás cuántas veces fuiste capaz de hacerlo antes de masturbarte definitivamente y correrte? Porque sé que me desobedecerás, pero si me cuentas cómo fue no te lo tendré en cuenta.

Sea como sea, disfrútalo, y cuéntame qué te pareció. Permanece atenta, pronto habrá un Bienvenida III en el que finalmente alcances el orgasmo, en público, aunque aún no sé cómo diablos lo conseguiremos. Pero una cosa es segura, lo conseguiremos juntos.