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jueves, 3 de agosto de 2023

¡Escribe sobre mí!

- He leído tus dos novelas, me gustaron – me mientes, a bocajarro, sin abandonar tu sonrisa. Sé que me mientes porque nos presentaron el otro día, la semana pasada, pero no te tengo en cuenta la mentira.
- ¿Ah, sí? No puede ser, no me lo creo – te reto –. ¿Cuál te gustó más?
- La segunda, está mejor escrita.

Eres muy hábil. Me mantienes la mirada para continuar con tu farol. Tus brillantes ojos azules siguen enloqueciéndome y la media luna de tu sonrisa está justo ahí, a la distancia de un impulso, de una osadía que me hiciera atreverme a besarte de una vez. Alrededor de nosotros, unas cincuenta personas, desperdigadas; el público de una discomóvil, o verbena, o como se quiera llamar a este tipo de acto, ahora que la frontera entre todos esos conceptos está tan diluida.

Llevas un buen rato prestando atención a todo lo que te cuento de mi vida laboral y finges haberme leído de una forma que me transmite interés por mí. El amigo que nos presentó se ha quedado hablando con el amigo con el que yo he venido, así que estamos solos, a unos cinco metros de todo el mundo, o quizá más. Y estás muy cerca. De momento solo hablamos de nuestras profesiones, pero únicamente soy consciente de lo fácil que sería pasar mis manos por tu cintura para atraerte hacia mí. Me cuentas a qué te dedicas. No soy capaz de guardar en mi memoria el nombre de tu titulación, pero me aclaras que son funciones de Recursos Humanos. Sopeso la posibilidad de contarte cuántas veces se han cruzado en mi vida mujeres de tu gremio (unas cuantas narradas en este blog), pero prefiero seguir dejándote hablar. Sabes muchas cosas de mí, sin duda porque nuestro amigo común te las ha contado, y si lo ha hecho ha sido por tu interés en saberlas, y eso sigue halagándome.
 
- Trabajaste en la empresa Tal, haciendo tal trabajo, y además la tienes muy grande.

Ojos como platos. Te echas a reír como una niña traviesa y prefiero tomarme tu frase como un juego más que como una provocación. Giro sobre mis talones hacia mi colega, el que le ha dado la información, y le cuento lo que has dicho. Hacemos un corro, los cuatro, y vuelan detalles, rumores, historias, apodos en camisetas que reafirman el dato en cuestión. Hablan ellos, yo mantengo el silencio.

- ¿Pero es larga o es gorda? – dices. No salgo del asombro, pero me encanta tu soltura, tu descaro.
- ¿Sabes lo que es una cachiporra? – dice nuestro amigo común. – Cabezona y gorda.
- Mejor, porque mi punto G necesita que sea gorda.

Mis amigos se ríen. Tú me miras. Yo estoy crecido. No, no en ese sentido. Crecido porque tu atención me hace sentirme importante. Siguen las burradas, los comentarios cómicos, las exageraciones. Y tu risa. No hay ya nada serio, ni lógico; todo ocurre como una catarata de actos caóticos que fluyen como una cadena de impulsos. Estás delante de mí y te apartas la camiseta, o sea, tiras del hueco donde estaría la manga para enseñarme la copa del bikini amarillo que llevas debajo, y tu pecho izquierdo está a tal distancia de mí que podría asirlo con ambas manos y besarlo sin ni siquiera tener que esforzarme. Pero no me das tiempo a reaccionar. Te vas a mis amigos y les dices:

- Si queréis saber la verdad – sueltas entre risas –, el punto más sensible de mi cuerpo es mi pezón derecho. – Ahora tiras de esa parte de tu camiseta y la otra copa de tu bikini sale a la luz. – Es lo que me enciende por completo.

¿Tu pezón derecho? Hace poco revisé algunos de mis relatos y tu comentario me trae uno a la cabeza. Hace bastante rato que mi parte Drawneer está más que alerta, y sin pensar demasiado te pregunto:

- ¿Lees literatura erótica?

Antes me has comentado que lees mucho, quizá no esté desencaminada mi pregunta.

- ¡Claro!
- Me has recordado una cosa que escribí. ¿Te gustaría leerlo?
- ¡Sí, por favor, por favor, por favor!

Me encanta tu entusiasmo. Y el brillo de tus ojos. Y tu sonrisa. Apenas pienso, apenas me planteo lo que voy a hacer. Apenas reparo en la incomodidad que te pueda provocar. Solo tengo en mi mente tu comentario sobre tu pezón derecho y las ganas que tengo de que leas mi relato. Camino unos metros para que me sigas y nos alejemos de los demás.

- Te voy a confesar uno de mis secretos más ocultos. Necesito que me prometas que no vas a contarle nada a nadie. A nadie, ni siquiera a estos dos.
- Tranquilo.
- Ok, entra aquí – te dicto la URL de este blog – y lee la entrada “Pasa, bienvenida”.
- Vale.

Me aparto, vuelvo con mis amigos mientras me lees. Sé que es una jugada segura. Quizá sea mi mejor relato, el menos explícito pero, o quizá por eso, mi mejor carta de presentación. Pasan un par de minutos, mientras hablo de tonterías con mis amigos, pero no dejo de mirarte. Tiemblo de pensar en que hagas todos y cada uno de los pasos que describo, pero no los haces, aunque te veo concentrada en la lectura. Al final levantas los ojos de la pantalla y clavas tus pupilas, repletas de llamas, en las mías. Me acerco enseguida. No apartas tu mirada mientras llego y yo no quiero que lo hagas, aunque no sé si es enfado o excitación lo que la ilumina. Pregunto, por si acaso.

- ¿Es que no te ha gustado?
- ¿Esto lo has escrito tú? ¡Es buenísimo!
- ¡Gracias!
- Los hombres suelen ir a saco y tú vas tan bien… tan chulo…

Dudas. Es como si lo que ha provocado la lectura te hubiera superado o, al menos, fuera mayor de lo que esperabas. Se acerca nuestro amigo común a seguir con los comentarios y las risas, y tú charlas con él lo imprescindible, pero vuelves a acercarte a mí, vuelves a buscar quedarte a solas conmigo. Te acercas mucho, de nuevo. Casi me reflejo en tu iris.

- ¿Y tienes más relatos como este?
- Bueno, los otros son mucho más explícitos. Incluso ese que has leído tiene una segunda parte, que es mucho más bestia… – No quiero tentarte a que leas, aquí y ahora, el “Bienvenida de nuevo”, pero una parte de mí sí que quiere probar si serías capaz de hacerlo.
- Es que me has atrapado… A mí me haces cosas en el cuello, en la parte baja del cuello, y ya me tienes…
“Ojalá hubieras seguido las instrucciones del relato”, pienso. Pero quizá eso hubiera sido ir demasiado lejos.
- ¿Y sobre qué escribes?
- Sobre cosas que he vivido, mujeres que he conocido…
- ¡Escribe sobre mí!

El entusiasmo con que lo dices, lo cerca que estás, la forma en que me miras, el brillo en tus ojos y la tenue vibración en tu voz se juntan para tomar al asalto mi cabeza. Una parte, la racional, sabe que te refieres a que escriba una historia en la que tú seas la protagonista y me imagino todo lo que tendría que describir, pensar en hacerte y experimentar contigo para que ese relato se llegara a completar. Eso arrastra la parte física de mi persona y me doy cuenta de que tengo una erección de la que no he sido consciente hasta justo este momento y que es absoluta y completamente culpa tuya. Mi piel añora la tuya de repente y percibo el aire que nos separa como un muro infranqueable. Estás tan cerca... Otra parte, sin embargo, la parte en la que vive Drawneer, se toma tus palabras al pie de la letra y las paladea, como un cocinero que canturrea los ingredientes de una receta. “Escribe sobre mí”, me digo, y el poder de mi alter ego conjura entre mis dedos un lápiz de ojos, el tuyo. Tiene la punta gorda, como parece que corresponde esta noche, y te señalo con ella.

La capacidad de imaginación de Drawneer es tan grande que ya estoy escribiendo en el lóbulo de tu oreja derecha. Solo trazo unas letras, “hola”. Luego lo paso por detrás y escribo “solo quiero que sientas la cabeza de este lápiz deslizándose por la piel de tu cuello”. Son muchas letras, lo sé, pero las concentro para que no ocupen demasiado espacio y, a la vez, puedas entender lo que te escribo. Porque voy a dejarte palabras muy explícitas sobre tu piel, y quiero que las entiendas todas. Quiero que las sientas físicamente y, además, lo que signifiquen. Pero este lápiz hace un trazo demasiado monótono, y Drawneer invoca otro. Este es un lápiz de dibujo, de estos de punta muy fina, superafilado, aunque no tanto como para hacerte daño. “Con este lápiz”, te escribo con él, “notarás más mis letras y mis impulsos, buscaré tus puntos más sensibles y los pincharé”. Y tú percibes esto, letra a letra, bajando por tu cuello, sobre el rastro de la yugular, hasta tu clavícula, y una vez allí, otra vez hacia arriba.
 
Alterno trazados más romos con letras más finas, y tú sientes caricias o pellizcos, suavidad y pinchazo. Recorro tu cuello todo cuanto quiero, no hay prisa, no hay público, porque todo esto ocurre en la cabeza de Drawneer, y sin saber cómo decido que hay un tercer lápiz que quiero usar. Este no aparece en mis dedos, sino entre mis dientes. Alargo la lengua y la acerco a la zona ya algo enrojecida. Al principio solo paso por encima de lo escrito, pero jurarías que también dibujo letras, y poco a poco intuyes que lo que te escribo con la punta rugosa, caliente y mojada son las palabras “quiero hacerte esto en todo tu cuerpo”. Quizá te guste saber lo que voy a hacerte.

Tengo mis dos lápices empeñados en contarte cuántas cosas voy a hacerte sobre la esfera de la cabeza de la clavícula, pero la lengua llega para escribir “es el momento” y empiezan a deslizar hacia tu pezón derecho. Aún falta mucho para que lleguen, porque van despacio, pero sabes dónde van porque lo que te están escribiendo es “vamos a escribir sobre tu pezón derecho, porque sabemos que es tu punto flaco, y queremos volverte loca”. Sientes en la piel de tu pecho la caricia suave del lápiz de ojos y el pellizco afilado del de dibujo, curados por la punta de la lengua que les sigue y los alivia. No sé cómo debe de ser la sensación de una punta afilada como la de este lápiz en una areola, pero sí sé que tú lo vas a averiguar enseguida. Sientes cómo llega, primero el de ojos, y escribe “Pezón”, con la “o” justo rodeándolo, y cuando llega el otro repasa una y otra vez esa “o”, hasta que hay tantas “oes” escritas que el carboncillo es como un collar alrededor del cilindro en el que se ha convertido. ¿Qué siente tu areola con ese contacto punzante justo ahí? Me gustaría saberlo. No sabes cómo, pero esos círculos, esos anillos trazados con los lápices comienzan a vibrar, a jugar entre ellos, a subir y bajar, y la sensación es como una caricia total que hace que se estire, que se endurezca tu pezón. Tu pezón derecho. La parte más sensible de tu cuerpo. Espero que esto esté poniéndote cachonda, porque todo lo que viene es más de esto, mucho más.

Sigue vibrando el carboncillo y siento la necesidad de escribirte una “I” mayúscula con la lengua sobre el pezón. La escribo una y otra vez, mientras llevo los lápices letra a letra hacia el valle que divide tus pechos. Y luego cambio la “I” por un guion, “-“, y lo alterno, para no dejar ni una sensación sin provocarte, y ni siquiera paro mientras te escribo “estoy avanzando hacia el otro pezón” hasta que llego allí, con la “o” en el mismo sitio, y te hago lo mismo, lo mismo, lo mismo, con la punta del lápiz afilado hurgando pero no demasiado en la areola. Y cuando la capa de carboncillo rodea tu cilindro izquierdo, vuelvo a hacerla vibrar, con el poder mágico de la mente de Drawneer, mientras aún sigo escribiendo “íes” y guiones con la punta de la lengua en tu pezón preferido. Tengo tus dos pezones ocupados y atendidos. (Creo que te mereces un pellizco, tuyo, mientras lees esto. Un pezón con cada mano. Suavemente, o con fuerza, como quieras. Limítate a pulsar con el índice y el pulgar o tira de ellos, retuércelos, castígalos. Avanza cuanto quieras. Y cuéntame lo que haces, si quieres.)

Hay un montón de palabras escritas sobre tu piel, con tres tintas diferentes. Pero están en zonas muy próximas unas de otras. Quedan muchos lugares aún por conquistar. Así que elijo una de tus vértebras, una cualquiera, la que estaba en el vértice de la curva que has trazado antes, cuando te pellizcabas los pezones. Esa vértebra. ¿La sientes? Clavo la punta del lápiz fino. Ahora no tengo miedo de hacerte daño, es mucho menos sensible. Te escribo la palabra “vértebra” y con ella voy ascendiendo a la superior, donde escribo otra vez la misma palabra. Y luego a la otra. Detrás, con el lápiz romo, lo que escribo es “siénteme”. Y con la lengua voy repasando lo escrito, para borrarlo, para emborronarte la espalda, para dejar un rastro de baba oscurecida por el carboncillo. Tú sientes cómo paso, uno a uno, por cada escalón, hasta llegar a tu cuello. Sé lo gratificante que es sentir la punta del lápiz en el cuero cabelludo. Es una caricia que se siente en toda la cabeza a la vez. Agarro, quizá con algo más de fuerza de lo necesario, tu cabello largo, y tiro de él hacia arriba. Puede que eso te guste. Dejo algún punto marcado con la punta del lápiz afilado mientras con el romo sigo escribiéndote en cada vértebra y con la lengua lo voy borrando todo, hasta que llego a la última y decido hacer el camino inverso. Ahora escribo más rápido, pasan las vértebras a mayor velocidad, porque tengo prisa en llegar a donde me dirijo. Mi mensaje ahora es “Voy bajando, ¿dónde pararé?” y me empeño en usar tu columna vertebral de pizarra. La lengua, esta vez, no escribe nada. Solo viaja como un gran coche escoba, como una capa que lo cubre todo, plana sobre tu espalda, lamiéndote. No creo que sea desagradable esa sensación.

“Estoy aquí, entre tus nalgas”, te escribo sobre el coxis. Te pincho con el lápiz afilado tanto como puedo, tu carne lo puede soportar. Incluso puedo percibir las leves contracciones de tus músculos. Quizá pruebe a darte una nalgada. Pero eso será luego, ahora quiero escribirte letras muy pequeñas por el canal que se abre ante mis ojos; quiero que percibas exactamente la geografía del valle y que te percates exactamente de cuánto me acerco al lugar donde sabes que me voy a acercar. Así que avanzo, escribiendo “estoy avanzando hacia tu ano”, y los estiramientos de tu espalda y las cosquillas que no puedes evitar me aseguran que lo estás disfrutando. El lápiz afilado lleva un buen rato dando vueltas con la última letra, la “o” alrededor de tu entrada, y sientes los pinchazos, mientras el lápiz romo recorre toda la ruta, abajo y arriba, Quiero escribirte con mucho detalle, quiero encontrar un tamaño de letra tan pequeño que prolongue esta tarea hasta la eternidad, pero yo mismo soy incapaz de esquivar la impaciencia y lanzo mi lengua por el carril sobreestimulado y pintado. ¿Crees que podría escribir ahí dentro, con alguno de los tres lápices? Voy a probarlo. Primero entro con el afilado. No hay riesgo de que se rompa, recuerda que todo esto es una alucinación de Drawneer. Entra y sale con facilidad. Luego entro con el de punta roma, más gordo, pero también hace su camino como es debido. La entrada de la lengua arranca un suspiro más grande de tus pulmones, así que intento dejar escrito lo que sea que voy a escribir bien profundo, y comprimo y empujo el músculo de dentro de mi boca hasta que lo sientes allá dentro, donde deposito un punto, y me retiro, porque tengo una misión que cumplir.

Ahora ya sabes dónde voy. Quizá llegue demasiado pronto. Quizá no, quizá debería haber llegado hace rato. Me da igual. Solo sé que llego ahora, con todo por hacer, y que es el lugar que llevo buscando desde que empuñé los lápices. Así que te doy la vuelta y tengo ante mí la página que quiero llenar de garabatos hasta saciarme y saciarte. Lo primero que hago es trazar una línea recta, sin letras, desde cada rodilla hasta la ingle, despacito, para que sientas la diferencia entre el roce y el pellizco. En una pierna, el romo, en la otra, el afilado. Y la lengua, alternando entre un muslo y el otro. Cuando llego a mi destino vuelvo a hacerlo, pero cambio los lápices. Vuelvo a bajar, y mi lengua vuelve a saltar entre ambas piernas. ¿Crees que podría hacer esto mucho rato? Yo estoy convencido de que sí, pero la impaciencia de tu cuerpo me dice que ya está bien, que no he venido aquí a delinearte las extremidades. Así que apunto con el lápiz de ojos sobre tus braguitas, que Drawneer aún no ha hecho desaparecer, y dibujo la silueta del bulto que se percibe bajo la tela. Primero hago un esbozo, con suavidad, pero pronto le ayudo con el lápiz de dibujo, y la presión es mayor. Hay sitios donde el carboncillo se emborrona, por la humedad. No me extraña. Llevo el lápiz afilado a ese lugar que tú sabes que yo tengo en mente y escribo las letras “clítoris”, y, por lo que sea, comienzas a agitarte. Con el otro lápiz repaso la forma dibujada y escribo “labios mayores” y “labios menores” donde corresponde. Pero pronto me canso de eso y empiezo a escribir “quiero comerte el coño”. Por dios, espero que estés distinguiendo todas estas letras que te estoy escribiendo.

Saco la lengua, plana, a más no poder, y la paso por encima de tus braguitas como si quisiera lamer un helado, un helado de jugo de coño. Puedo percibir perfectamente las formas todavía ocultas y las pequeñas palpitaciones, así como la turgencia de las zonas que están comenzando a crecer. Se oye un chasquido de dedos. Las bragas desaparecen. La magia de Drawneer. Vuelvo a lamer, de abajo arriba, sin intención de escribir, solo quiero lamerte el coño, para guardar su sabor, para llenarme la boca de tu jugo, y preparo los lápices, porque tienen mucho trabajo por delante aún. En el capuchón, ya sabes dónde, pongo la punta del lápiz afilado y apenas escribo una letra. Luego otra, y otra más, y completo la frase “estoy aquí para que te corras”. Luego, con todo eso escrito encima, tiro de él y dejo que salga a la luz tu clítoris. Aquí no voy a usar el lápiz afilado. Aquí solo voy a escribirte con el lápiz romo, un guion, luego una “I”, luego un guion, así alternativamente, mientras con la lengua bajo por el labio inferior derecho y subo por el izquierdo, escribiendo “quiero comértelo” con letras muy pequeñas y muy suaves. Cada vez que paso por la entrada de tu vagina dibujo una “o” muy grande para que seas más consciente de sus dimensiones y sigo mi camino.

Pero tú te empeñas en que me sea más difícil escribir cada vez, porque mueves tus caderas, te agitas, gimes, te estremeces, y quizá sea el momento de llevar tu cuerpo hasta el punto al que los dos queremos que llegue. Ya no recuerdo lo que estaba escribiendo, no recuerdo qué frase venía ahora, solo recuerdo el deseo que me provocas y la necesidad que tengo de que alcances el orgasmo, así que me dispongo a buscar un punto que mencionaste antes, mucho antes de que Drawneer tomara el control, y me lanzo a buscar tu punto G. Con mi lápiz de ojos estoy dibujando círculos, ya ni siquiera son “oes”, sobre tu clítoris, porque quiero provocarte todas las sensaciones posibles, y con el afilado voy pinchándote en el centro de esos círculos, con todo el cuidado del mundo, a la espera de alguna queja por tu parte, pero no parece que te desagrade. Mi lengua, compacta, totalmente fuera de mi boca, está entrando en tu coño, está penetrándote, y sientes su dureza, su humedad, su calor, avanzando y buscando en tu vagina encharcada. Quiero encontrar el punto, el lugar rugoso y sensible que se esconde en la parte frontal de tu entrada, y arqueo la punta. Busco, froto, restriego. Como si estuviera escribiendo las palabras más excitantes del mundo dentro de tu coño solo para que te corras. Pero, a juzgar por tus jadeos y tus movimientos, tú no estás para leer ahora mismo lo que yo escriba con la lengua ahí dentro, así que sé lo que me queda por hacer.

Hay un último utensilio, quizá útil como lápiz aunque mucho menos afilado y con una punta mucho más roma. Acerco mi polla, lista casi desde el momento en que me propusiste que escribiera sobre ti, y la empujo a través de la entrada de tu coño. No he parado de restregar mi lápiz de ojos por tu clítoris ni de darte pequeños pinchazos con el otro, pero sientes cómo la cabeza de la cachiporra que dijo mi amigo empieza a entrar dentro de ti. Voy despacio, dejo que tu carne se adapte a la mía. Sientes cómo avanzo, cómo empujo, cómo abro tu carne. Y también sientes cómo la forma de mi glande estimula exactamente ese punto que llevo un rato buscando. Lo aplasto al entrar y también al salir, como si supiera que es eso exactamente lo que necesitas para correrte. Y empujo para meterlo, tiro para sacarlo, vuelvo a meterlo, a sacarlo, dentro, fuera, dentro, fuera, y todos esos estímulos se acumulan, todas esas sensaciones se intensifican entre sí hasta que no puedes evitarlo, las corrientes eléctricas que te indican que te vas a correr te suben por la columna vertebral, se expanden por todo tu cuerpo y te contraes en el orgasmo que llevamos los dos buscando desde que comenzó este relato, letra por letra, hasta el fondo.

Mientras recuperas la respiración, con los ojos cerrados, Drawneer se encarga. Volvemos al momento en que me has dicho “¡Escribe sobre mí!”, al momento en me imagino todo lo que tendría que describir, pensar en hacerte y experimentar contigo para que ese relato se llegara a completar. Eso arrastra la parte física de mi persona y me doy cuenta de que tengo una erección de la que no he sido consciente hasta justo este momento y que es absoluta y completamente culpa tuya. Mi piel añora la tuya de repente y percibo el aire que nos separa como un muro infranqueable. Estás tan cerca...



martes, 24 de octubre de 2017

Las carga el diablo.



Hola a todos. Sé que hace mucho tiempo que no cuento nada y os puedo asegurar que es por pura saturación de horarios. Lo último que escribí con esta caligrafía fue mi novela erótica, que ya lleva casi un año a la venta. En todo este tiempo me han pasado cosas, claro, y algunas quizá merezcan uno de mis relatos, pero vengo a contaros una en concreto. Hace semanas que la tengo en la punta de los dedos, intentando salir, y la persona que está involucrada se merece tener su propio relato, además de que lo espera con interés. Podríamos decir que escribo esto por encargo.
Porque sí, me han encargado que os cuente lo que pasó, hace cuatro fines de semana, en una preciosidad de boda a la que tuve la suerte y el placer de ir. Y por tanto, aquí estoy, tecleando medio sudoroso y con las sensaciones que os voy a describir recuperando lugares y rincones, para que la narración esté al nivel del encargo, y sobre todo, a la altura de la experiencia que evoca. Ojalá la persona que me lo encargó disfrute de la lectura, pero no tanto como de haberlo vivido en su momento. Por muy buen escritor que uno quiera ser, seguro que será mejor experimentarlo en la propia piel. Aunque eso lo sabremos después de leerlo.
Como os he contado, estaba de boda. Ya sabéis, iba con el traje de las bodas del que hablo en mi novela. Hecho un pincel. Iba con mis amigos de toda la vida, con los que me suelo mostrar bastante menos activo socialmente que cuando me junto con otra gente, quizá por costumbre, o quizá se trate de dinámicas de grupos. Es algo inconsciente, pero os aseguro que es así. Seguro que hay estudios al respecto. El caso es que estábamos en una alquería preciosa, con un patio ajardinado, a la luz de la luna, con las paredes cubiertas de parras, en una noche genial para casarse y para pasarlo bien. Unas cien personas cenando de pie, pasando por los puestos donde estaba la comida, cogiendo platos y sobre todo vasos sin ningún tipo de freno y con un gran ambiente. Todos habéis oído que las bodas las carga el diablo. Y es así.
En un momento dado, una de mis amigas está hablando con una chica desconocida para mí, y yo paso por su lado, sin intención de pararme. Mi amiga me dice algo al vuelo para meterme en la conversación y acabo diciendo cualquier chorrada a la desconocida. Ella se ríe, como si no me hubiera entendido y estuviera disimulando, o como si realmente le hubiese hecho gracia. Le sonrío, me guiña un ojo y sigo andando. Tardo en volver a sentir los pies en el suelo, porque sigo flotando en la sonrisa de esa mujer, en sus ojos negros, en el rojo de sus labios y de su vestido. Estoy impresionado. Pasamos un buen rato alternando entre hacer el capullo y hacer el tonto con mis amigos y mis amigas de toda la vida, y me sigo cruzando con desconocidas. La verdad es que mis cansados ojos no se quejaron en absoluto de la observación de tal cantidad de belleza, pero la única que me devolvía la mirada era la mujer que me guiñó el ojo.
Un amigo, bastante afectado por la barra libre, me dice al oído si he visto cómo me mira esa mujer de rojo. Como si no me hubiera dado cuenta yo mismo. Pero lo pregunta tan fuerte que ella misma le oye, me sonríe con su media luna de dientes y sus ojazos me lanzan una mirada que me barre de arriba abajo. Mi amigo no debe de haber notado nada, pero yo he sentido esa mirada en la piel, bajo mi traje.
La barra libre se hace fuerte, nos cuesta mucho esfuerzo pero comenzamos a conquistarla, y la fiesta empieza a subir el nivel. Ella pasa por delante de mí mil veces, o quizá no tantas. A veces levanta su cubata para chocarlo con el mío a modo de brindis, a veces hace como que le impido el paso, para eludirme con un movimiento de baile según la canción que suena, a veces pasa algo más lejos de mí, pero me sigue lanzando con sus ojos su látigo, su maroma de barco, su cadena. Su mirada. Y yo no la esquivo, en absoluto.
Hay un momento, no sé por qué ni con qué excusa, en que comenzamos a hablar. Es una conversación superficial, sobre cómo se divierten mis amigos, y nos reímos sin parar de las más mínimas chorradas. Estamos bastante bebidos, pero no es por eso. Bueno, no es solo por eso. Vista de tan cerca me alegro de estar hablando de cosas que puedo decir sin necesitar mucha concentración, porque estoy mirando el rojo de sus labios y toda la mente se me vuelca sobre esa superficie brillante y apetitosa. Me cuenta que tiene treinta años, que es de Córdoba y que se llama Sara. Por supuesto, podéis creeros que ese es su verdadero nombre, o que yo lo he cambiado para no decir el verdadero. Creo que Sara es un nombre muy bonito, y en sus labios suena igual que si me dijese “bésame”. En un momento dado está hablando de la edad de mis amigos, y yo le confieso la mía. Quizá la pille por sorpresa. No es la primera vez que me toman por más joven de lo que soy. Pone un gesto de desconcierto, y dice que tiene que ir a por un cubata. No me sorprende. Se va y me quedo un poco chafado, pero me alegra haber charlado con ella. Mis amigos están un poco impresionados.  
Llegados a este punto os diré que ya sé que me conocéis lo suficiente para haberlo supuesto. Esa chica es la causante de este relato, la coprotagonista y la que lo encargó. Sé que no os estoy haciendo ningún spoiler. Así que no temáis, no fue un desplante.
Cuando ya ha pasado un rato doy por archivada la experiencia en la carpeta de los “¿Te acuerdas de aquella chica del traje rojo?” y me dispongo a seguir alternando lo de hacer el tonto con lo de hacer el capullo, o al revés. Sigue siendo divertido, pero no puedo evitar pensar que quizá hubiera tenido que darme a conocer más con Sara. Quizá nuestra charla fue demasiado superficial. Pero eso no me baja el ánimo, en absoluto. Simplemente es algo así como aprendizaje, como algo a tener en cuenta la próxima vez. Hasta que, en una canción en concreto, vuelvo a tenerla delante, con las manos en alto, ondulante, sensual, hipnótica. No sé distinguir una sevillana de una seguidilla ni de una copla, ni de todo ese mundo de tipos de música que me es totalmente desconocido. Pero ella se ve feliz, como si fuera una canción de su tierra, y está bailándola para mí. Yo la miro, claro que la miro, de arriba abajo, porque no puedo dejar de hacerlo. Es un verdadero centro de ondulaciones sensuales e hipnóticas. Se ríe de mí porque no sé bailar, y me reafirmo en ello. Prefiero mirar. Se acerca a mí, extiende sus brazos hacia mi cintura, coge el cinturón del pantalón  y tira de mis caderas para que siga a las suyas. Justo en ese momento siento cómo salta bajo mis pantalones una erección que quizá nadie note, gracias a la holgura de la prenda, pero es mejor no tentar a la suerte.
Sigue bailando, para mí, a menos de un metro, remarcando sus movimientos, su ritmo, para que la siga. Yo sigo inmóvil, rígido, perplejo. Solo puedo sonreír, con esa sonrisa tonta y boba de los tíos cuando tenemos una erección, y disfrutar de las vistas.
-          ¡Vamos, baila! ¡Fíjate cómo lo hago yo y sígueme!
-          ¡No puedo! – La música está muy alta y hay que gritar, por muy cerca que esté. Aun así, preferiría que estuviera más cerca.
-          ¡Ah, eres uno de esos tipos duros que no quieren bailar! ¡Qué decepción!
-          ¡No es eso! ¡Es que…! – Por un segundo identifico mi parte Drawneer a punto de tomar las riendas, a punto de decirle una de esas frases sin retorno. Y le dejo hacer. - ¡No puedo aprender de ti! ¡Me fijo, de verdad, pongo voluntad, pero veo tus caderas oscilar, tu cuerpo cimbrear así, y se me olvida lo que estoy intentando aprender!
Bueno, no ha sido tan descabellado. Ocurrente. Pero es como si se hubiera roto un precinto, como si se hubiera abierto una puerta. Como si por fin hubiera ocurrido lo que estábamos esperando los dos.
-          ¡Vaya, sí que eres bueno con los requiebros!
Y se ríe, con esa risa cantarina y volátil que te hace sentir que te sumerges en su boca de color rojo y de forma exacta para ser mordida. Sigue bailando, como si quisiera seguir dedicándome ese espectáculo solo para mí, y yo sigo zampándomela con los ojos, para no desaprovechar ni un segundo de su baile. No sé qué va a ocurrir en cuanto pare de bailar, en cuanto se esté quieta, pero estoy casi seguro de que lo averiguará mi mano alrededor de su cintura, porque no creo que nada pueda contenerla. Pero nos interrumpe nosequién, que se acerca a hablar con ella de nosequé. En ese momento recuerdo que hay más gente, que estamos en un lugar con casi cien personas. Disimulo mi frustración mientras habla con ese intruso que se la lleva de allí, a hacer cualquiera de esas tontadas que se hacen en las bodas, regalos a los novios, fotos, etc. Me quedo solo y vuelvo a aparecer entre mis amigos. Ya no tengo ganas de hacer el tonto o el capullo, pero lo hago, de todas formas.
Pasa otro rato. Ella vuelve a aparecer a mi lado como por ensalmo y a mí se me alegra la noche de nuevo. La música ha cambiado, y su gesto también. Como si viniera de discutir con alguien. Ya no brilla como antes, tiene la mirada más intensa. Pero sigue provocando incendios de carmín dentro de mí con cada una de sus sonrisas. Charlamos, de cosas banales, y yo tengo claro que quiero elevar el nivel, que quiero profundizar. No, no me refiero a “profundizar”, no todavía. Me pregunta a qué me dedico y le digo que soy escritor. Los ojos se le abren como si hubiera dicho algún tipo de palabra mágica. Ella confiesa leer, devorar libros. Me dice el nombre de un par de escritores que me suenan pero que no identifico, hasta que nombra a una escritora de novela erótica muy conocida. El que abre los ojos ahora soy yo.
-          ¿Lees novela erótica?
-          Sí, sí, ya sé lo mal visto que está. Pero si no te has leído una de esas novelas a mí no me juzgues…
-          Al contrario, no te juzgo. – Dudo un segundo. Estoy a punto de confesarle que yo no solo leo, sino que la escribo. Pero siempre me da una vergüenza horrible confesar a mis conocidos que lo hago. Aparte de las personas que ya he contado en este blog, nadie de mi vida ajena a Drawneer conoce su existencia. Pero ella se ha identificado como lectora de novela erótica, así que me siento a salvo, tomo aire y digo: - Yo escribo novela erótica.
-          Sí, claro, y yo me lo creo…
-          ¿Llevas el móvil? ¿Tienes datos? Te digo la dirección de mi blog y tú misma juzgas.
Saca su teléfono y teclea en él con la incredulidad apretando sus cejas entre sí, pero con la sorpresa dando un tono rojo a sus mejillas que le sienta exquisitamente bien. Estamos muy cerca, estamos contándonos un secreto y nos hemos acercado para protegerlo. De hecho, puedo ver su cogote mirándola desde arriba, mientras pasa páginas y busca este blog. Al fin aparece la advertencia para comprobar que se es mayor de edad, y después el fondo negro con letras blancas inunda su pantalla táctil. Está literalmente volcada hacia lo que va encontrando, casi ansiosa, como si quisiera demostrarme que me equivoco.
-          ¿Y cómo sé que tú eres este Drawneer que dices aquí?
Esa es una buena pregunta. No puedo demostrárselo sin entrar en mi blog y escribir con mi usuario. Pero al fin y al cabo, lo que yo quiero no es demostrarle que soy yo, sino que me lea.
-          Hacemos una cosa. Tú lees este blog, cuando quieras. Y si te gusta, tienes formas de ponerte en contacto conmigo. Mi twitter, mi Facebook, o deja un comentario. Si te respondo, seré yo.
-          Me parece justo.
Y se lanza a leer. No. Yo no quiero eso, no quiero que lea mi entrada más reciente. Demasiado bestia para una bienvenida. Además, quiero que haga un experimento por mí. Similar al que pedí a Miriam en mi novela.
-          ¿Me haces un favor? – me cuesta que quite sus ojos de su móvil y que me haga caso. – Hay una entrada que quiero que leas en una situación concreta. El resto me da igual, pero esa quiero que estés en público, rodeada de gente.
-          ¿Como ahora?
-          Bueno, no te digo que la leas ahora, solo si quieres. Se trata de que leas lo que estés leyendo y que la situación a tu alrededor sea completamente distinta.
-          Eres un poquito cabrón, por lo que veo. Me gusta. ¿Qué entrada es?
-          Se llama “Pasa, bienvenida”.
-          Aquí está. Voy a leerla. Ahora mismo.
-          Perfecto. Te dejo, pues.
Me alejo unos pasos. Está ensimismada en su lectura. Entre gente que baila, grita, bebe, ríe, ella está concentrada en lo que tiene en la palma de su mano. Y yo voy imaginando por qué parte del texto va. Puedo notar cómo su columna vertebral comienza a vibrar, entonando las notas que le toco desde las palabras que lee. Un amigo viene a burlarse: “La has aburrido tanto que ha acabado más pendiente del móvil que de ti”. Ni le contesto. Desde la distancia apunto hacia ella con mi erección, oculta pero dura, disimulada entre la ropa pero obstinada en ella como una brújula con su norte. Puedo ver cómo cruza sus brazos, mientras lee. Sé lo que va a hacer. La veo estirar el cuello, quizá agitarse un poco. Joder, quisiera tocarla, ahora mismo, besar su espalda, abrazarla, acariciarla. Es un espectáculo grandioso, como ver una flor abrirse al sol. Aunque solo lo es para mí, porque los demás que la puedan ver no serían capaces de darse cuenta de lo que está pasándole. Y ese espectáculo termina en su punto más álgido, cuando ella, sonrojada, estira aún más su cuello, para buscarme, con la mirada turbia y algo que está a punto de decir pero que no dice. Me acerco incluso antes de que ella me llame, y ella toma aire, mucho, y lo suelta en un suspiro que puedo oír incluso por encima de la música, porque lo oigo con unos oídos que no están en las orejas. Clava sus ojos negros en los míos y los deja ahí, como si hubiera algo que yo debiera descubrir ahí dentro, pero no soy capaz de descubrirlo porque lo único de que soy capaz es de seguir mirándola, de seguir disfrutando de sus pupilas ya un poco dilatadas, de su belleza, de su petición encriptada.
-          ¿Y ahora? – me pregunta. No quiero entender una pregunta que vaya más allá, solo le guío por mi blog.
-          Hay una segunda parte. ¿Quieres leerla?
-          ¿Aquí, también?
-          ¿Quieres?
-          Vamos.
Veo cómo abre el enlace de “Bienvenida de nuevo” y vuelvo a alejarme, pero no tanto como antes. Lee en silencio, concentrada, traga saliva algunas veces. Levanta la cabeza, busca. Pero no a mí. Busca un lugar. Disimula y se acerca a un lateral de la mesa donde está la barra libre. Está casi escondida, nadie repararía en lo que está haciendo, pero yo me doy cuenta. Tiene una esquina de la mesa entre los muslos, justo a la altura adecuada. Ya no puedo más. Me acerco a ella. Veo la parte del texto que está leyendo, y pongo mis labios junto a su oreja.
-          Sé lo que estás haciendo, porque yo escribí las instrucciones que estás siguiendo al pie de la letra. Me encanta que lo hagas, porque me hubiera gustado escribirlas para ti. Y quiero que sepas que ahora mismo tengo una de mis mayores erecciones escondida en mis pantalones. No quiero que te la imagines, ni que la toques, ni nada. Solo quiero que sepas que lo que más desearía en este mundo sería estar pegado a ti, justo detrás de ti, colocarla entre los dos cachetes de tu culo, y empujar con mis caderas mientras tú te restriegas contra el pico de la mesa. Así, sería mi impulso el que empujara tu coño una y otra vez, el que te hiciera correrte, el que provocara esa respiración que estoy oyendo y que es el sentido de mi vida, porque todas y cada una de las partes de mi cuerpo han nacido para provocarte este orgasmo, aquí, delante de todos. Y pensar en esa escena, en nosotros empujando con las caderas delante de todos, me tiene a punto, tan a punto que en cuanto me digas que te has corrido tendré problemas para evitar manchar mis pantalones de las bodas con chorros de baba blanca y pegajosa.
Ella no deja de leer en ningún momento. Solo se interrumpe algunas veces, cuando cierra los ojos, pero eso no me hace dudar en absoluto de que esté totalmente concentrada en mi relato y en las sensaciones que le provoca. Toma aire varias veces, resopla, pero no emite ningún sonido. Hasta que echa su cabeza hacia atrás, mirándome, y abre la boca. Al principio creo que me va a besar, y me presto a ello, pero lleva sus labios a mi oreja y solo susurra:
-          Ven conmigo.
Se escabulle, rápida y ágil, coge mi mano y comienza a andar, y yo solo puedo mirar esa estela roja que me tiene hipnotizado, como un faro en plena noche. Sus caderas van a un lado y a otro mientras se mueve entre la gente, como si quisiera que su culo se incrustara en mí a través de mis ojos, y lo va consiguiendo. No hay nada más en el mundo que su bendito culo. Bueno, quizá sí, mi erección también está muy presente.
Dejamos atrás la zona de la gente y vamos hacia los baños. Todo un clásico. En cuanto no nos ve nadie lanzo un manotazo a su nalga derecha. Ya sabes, si has leído mi novela, lo que ocurre con este traje y las nalgadas con la mano abierta. Ella se gira con la mirada encendida, sonríe y con sus ojos prende un poco más de fuego dentro de mí. No nos cruzamos con nadie. En el aseo de señoras entramos en un cubículo y le doy otra nalgada, más fuerte. La cojo de la cintura, pego mi cuerpo a ella y dejo que sienta mi erección entre sus nalgas.
-          ¿Recuerdas lo que te explicaba antes? Era esto, así. – me muevo un poco, para que sepa lo duro que estoy, pero no parece que sea eso lo que necesita.
La empujo, ella se apoya con ambas manos en la pared del fondo y tiene las piernas separadas por la taza. Pellizco su vestido y un poco de sus muslos y comienzo a arremangárselo, sin contemplaciones, y ella ya sabe que está en buenas manos y se deja hacer. Lleva liguero, negro, y sus muslos aún son más apetitosos de lo que me imaginaba.
Me arrodillo detrás de ella cuando tengo su culo descubierto, con su vestido amontonado en la cintura, y con los dedos mantengo cogidas sus nalgas, por lo que lo único que tengo disponible es la lengua. Recorro con ella las benditas bragas negras, de encaje, y compruebo el sabor de mi relato, licuado gota a gota. Me aprendo la forma de su coño, palpitante, hinchado, y hago que se estremezca algunas veces, presionando en esos puntos en concreto en que estáis pensando, esos lugares que estáis visualizando al imaginaros que sois ella. Luego tiro de las bragas, con cuidado, deben de ser muy caras, las dejo a medio muslo y vuelvo a recorrer esos lugares, ahora directamente, con la lengua, y con los labios. Vuelvo a palmear su culo, y ella no emite más que algún ronquido de aprobación, pero sé que lo está disfrutando, porque su sabor me lo dice. Llevo uno de mis dedos a su coño, pero pronto puedo meterle dos, porque ya está muy mojada. Ha causado un gran efecto la lectura en ese cuerpo joven y sexy que se estremece con mis caricias. Parece que ha sido tan efectivo que debo comenzar a acelerar las cosas, que hemos llegado ya al lugar en el que hay que saltar al vacío, y con mi lengua en su clítoris, hago que mis dedos vibren dentro de ella. Paro a los pocos segundos, chupo sus labios vaginales, me los meto en la boca, los mamo, como un bebé amamantando, vuelvo a su clítoris, y vibro de nuevo. Y así una vez, y otra, y otra. No hay ninguna pista, ningún suspiro, ninguna contracción, pero es ella la que me aparta de su cuerpo, la que me pide que pare.
Está extasiada. Me besa. Es la primera vez que lo hace. Mi boca sabe a ella, y se relame. Luego comienza a agacharse, con el vestido aún arremangado en su cintura y sus bragas a medio muslo. En cuclillas, con sus rodillas a los lados de mis piernas, pasa sus manos por mis pantalones, y encuentra mi erección. No era difícil. Desabrocha mi cremallera y mete la mano. Apenas puedo esperar a que lo haga. Noto sus dedos cuando la tocan por primera vez, cuando avanzan por ella, cuando la agarran, cuando tiran de ella, y es una verdadera delicia. Aparece frente a sus ojos gorda, hinchada, roja, casi morada, con una enorme mancha de humedad en la punta. Ella coge una pequeña gota de ahí con la yema de un dedo y se la lleva a la boca. Vuelve a relamerse. Joder, esto es un suplicio. Luego se lleva mi jugo con la punta de la lengua. Lo reparte por mi glande a lengüetazos, y yo comienzo a ver estrellitas. Recorre toda mi polla solo con la punta de la lengua, como si quisiera torturarme, como si se estuviera vengando de algo. Quizá solo del placer que ya ha sentido ella.  Y entonces se la mete en la boca.
Ya os he contado en otros relatos que soy prácticamente incapaz de correrme solo con una felación. Con la cantidad de alcohol que llevo, es de suponer que tampoco será hoy el día. Pero estoy extremadamente caliente, y cualquier otra cosa sería un desastre. Así que, mientras ella lame, relame, chupetea, sorbe, besa y vuelta a empezar mi afortunado glande, yo comienzo a masturbarme, llevando mi mano por el tronco de mi polla arriba y abajo. Quizá funcione. Ella intuye que es mejor así, y colabora. Me acaricia el escroto con las uñas y me provoca una sensación que apenas llego a sentir pero que me hace retorcerme de gusto. A veces, entre besos y chupeteos, se va a lamérmelo, también, y se mete uno de mis testículos entero en la boca, mientras yo no paro de machacármela. Luego vuelve a lamer mi polla, por encima de mis dedos, que aún saben a sus jugos, o vuelve a meterse mi glande en la boca, o me mira a los ojos, con esa sonrisa que me ha cautivado. Hasta que siento cómo llega, cómo comienza a vibrar mi cuerpo, cómo se contraen mis músculos, y ella también lo ve, y en el preciso instante en que comienzan a salir chorretones de esperma de la punta de mi polla ella está lamiendo mi escroto, y me corro convulsionando y derramándome dentro de la taza del váter.
Nos volvemos a besar. Apenas sé nada de esa mujer, aparte de cuánto me atrae y cuánto deseaba que ocurriera algo como lo que ha ocurrido. Y aún me gustaría que ocurrieran más cosas, pero mi cuerpo necesita un respiro, y quizá ella también. Se coloca las bragas en su sitio mientras se ríe, con unos movimientos de cadera exagerados y divertidos, y se recoloca el vestido. A mí ya no me quedan gotas que escurrir, estoy vacío para un buen rato, y me visto también. Ha sido inesperado, una locura, genial. Y ninguno de los dos siente la necesidad de excusarse o disculparse. Ella sale la primera, y poco después oigo unos golpes en la puerta, a modo de señal. No hay nadie. Salgo. La encuentro frente a un espejo, retocando su vestido y su pintalabios, y disimula cuando paso por detrás de ella. Le dejo una palmada bastante sonora en su culo prieto y magnífico, y en el espejo veo una sonrisa, lasciva y salvaje.
Vuelvo a meterme entre la gente. Algunos de mis amigos me preguntan dónde estaba. No sé qué les contesto. Asumen que me ha sentado mal tanta bebida y que estaba intentando que me bajase. Me voy a la barra. El camarero ya me había reconocido como el tío del whisky con agua, pero le hago una seña para que no me lo ponga. Le pido un zumo. Casi se desploma de la incredulidad. Se lo repito, un zumo. Tarda en traérmelo. Me lo pone en un vaso con hielo. Cuando me aparto de la barra, Sara está a diez metros de mí. Hay como treinta personas entre los dos, pero yo no las veo, y ella parece que tampoco. Ve mi vaso, se ríe. Es tan guapa cuando se ríe. Se acerca mucho a mí antes de hablar.
-          ¿Un zumo, chicarrón? ¡Qué obvio! ¿Rehidratando?
-          Claro. La única putada es que en cuanto lo beba voy a perder el sabor que tengo en mi boca, y eso sí que quisiera guardarlo para siempre. Quizá pueda recuperarlo alguna vez. – digo esto relamiéndome, llevándome unas gotas imaginarias del borde de mis labios.
-          Quizá… ¿cuánto tiempo sueles tardar en estar listo de nuevo?
-          La verdad es que no lo sé.
-          ¿Es que nunca repites? Menudo chasco.
-          No, es que suelo pasar el tiempo que tardo en recuperarme haciendo las mil perrerías a la chica en cuestión.
-          ¿Perrerías?
-          Bueno, sí, ya sabes, cosas que no se pueden hacer aquí rodeados de extraños. Desde caricias mimosas cuando aún no hay prisa, cuando aún estás recuperando el aliento, hasta todo lo que se me vaya ocurriendo. Así, cuando llega el momento de que sea necesario, estás donde tienes que estar y como tienes que estar.
-          ¿Y cuánto rato ha pasado ahora?
-          Debe de haber pasado bastante, porque estoy volviendo a notarla dura. O igual es más por tu culpa, que me la pones así.
-          A mí no me eches la culpa. Ya tengo yo bastante con saber lo que tienes ahí escondido y necesitar tenerlo dentro. – el énfasis con que pronuncia “necesitar” me confirma que sí, que ya tengo la erección disponible.
-          Sé lo que quieres decir. Yo conozco el tacto de tu interior, la textura, las sensaciones que provoca, pero necesito sentirlo con mi polla, entrando dentro de ti. Y luego salir, y volver a entrar.
-          Eso sería genial. ¿A qué esperas? ¿Por qué no estás ahora mismo follándome?
-          No tengo ni idea.
No decimos nada más. Simplemente camina, delante de mí, y yo la sigo, por una ruta que ya conozco y que sé dónde acaba. La alcanzo mirándose en el mismo espejo de antes, y me acerco por detrás, paso mis manos por su cintura y la atraigo a mí para besarla. Subo hasta sus pechos, que aún no he tocado en toda la noche, y los encierro en mis garras como si fuera a exprimirlos. Ella para de besarme para mirar lo que le voy haciendo. Mi polla está otra vez entre sus nalgas, y, esta vez sí, recorro todo el canal que las separa, como si arara un campo turgente y delicioso. Vuelve a enredar su lengua con la mía y no tengo ningunas ganas de que la suelte.  Cada vez que incremento la presión en sus pechos tira un poco más de ella, y oigo su aliento perderse en mi boca. Estamos en el vestíbulo del aseo de un local con cien personas, en cualquier momento nos van a pillar, pero lo que estamos haciendo aún no es demasiado indecoroso, aún no transgrede ninguna línea. Así que bajo una de mis manos y le pellizco el vestido, sobre uno de sus muslos, y comienzo a tirar de él. Quiero meter mi mano por debajo de su ropa, subir por su muslo hasta tocar su coño, y ella deja que vaya saliendo un trozo cada vez más grande de su piel a la vista. Ella colabora con su culo, apretando contra mi polla para que sepa que le gusta lo que le estoy haciendo. Y todo está cada vez más acelerado, cada vez necesito más tener la suficiente intimidad, cada vez deseo más a esa mujer, y en un momento en que se oye un ruido por el pasillo hago como si me asustase y entramos corriendo en el baño de las señoras.
Un segundo después estoy sentado sobre la taza de un cubículo cualquiera, ella tiene la mitad inferior de su vestido alrededor de su cintura, y deja caer sus tirantes. Se sienta sobre mis muslos y vuelve a besarme mientras desabrocha por segunda vez mis pantalones, los del traje de las bodas, los que ya conocéis. Yo, mientras, para no quedar atrás, agacho cuanto puedo la parte superior de su vestido y acaricio sus pechos, ahora con ternura, por encima de su sujetador, busco el broche y los libero. Pierdo la noción del tiempo. Mejor dicho, es como si el tiempo se detuviera, y me abstraigo en la suavidad, la calidez, el sabor y la rugosidad de esos pezones con los que llevo fantaseando toda la noche. Los pellizco, los beso, los muerdo, los lamo, los acaricio. Les paso la parte rugosa de las yemas de mis dedos. Los mojo de saliva para luego soplar. Los chupo. Los absorbo. Y todo esto, mientras ella me baja la ropa hasta medio muslo, acaricia mi polla y no se atreve a tomar ninguna iniciativa más, porque está disfrutando de mi cara en sus pechos.
Al fin, tomo aire, respiro, y ella se yergue. Veo que se aparta sus braguitas hacia un lado, adelanta sus caderas y las coloca justo sobre mi polla. Tengo el glande más hinchado que antes, más gordo, y las venas del tronco se notan más, cosas de ser el segundo envite en menos de media hora. Y ella misma va bajando, clavándose, poco a poco. Al principio llego a dudar de que esté preparada, pero en cuanto tomamos contacto noto perfectamente lo mojada que está. Es genial sentir con la punta de tu polla cómo está de mojado un coño, es una sensación de que las cosas están como tienen que estar. Voy entrando, deslizando, y ella se va adaptando a las sensaciones. Va poco a poco, como si no estuviera segura de que no fuese a hacerle daño. Yo no tengo prisa. Al final entra toda, y sus caderas contactan con las mías. Vuelvo a morderle la boca, con mis manos en sus pechos, y hago en su lengua un movimiento circular con la mía idéntico al que estoy haciendo con mis pulgares en sus pezones. Se me acaba de ocurrir y parece que tiene éxito.
Siento cómo está cada vez más excitada. Las paredes de su vagina masajean mi miembro y las gotas de su jugo corren por mis testículos. Quiero que me folle, que me folle ya, que se corra. Quiero que disfrute, por todo lo que me ha hecho disfrutar y por todo lo que voy a hacerlo. Empieza a moverse. Llevo el traje de las bodas, amontonado en las rodillas. Y ella me está follando a horcajadas sobre mí. Me recuerda demasiado a mi novela. Pero esto es real. Este polvo sí es real. Se mueve con sabiduría. Siento cómo tira de mi polla con sus movimientos, cómo la empuja, cómo se restriega contra el tronco, cómo lo hace contra mi pubis. Sabe muy bien lo que hace. Y yo apenas tengo nada más que hacer que disfrutar con sus pechos.
Le suelto un manotazo en una de las nalgas. Suena como una explosión, allí dentro. Otra nalgada. Noto cómo se contraen los músculos de su coño. Me pide que le dé más. Está empezando a empujar de verdad con sus caderas. Pronto va a pasar lo que los dos queremos que pase. Quiero que se corra. Quiero sentir cómo se corre. Y se lo digo, susurrando. Ella me pide que se lo repita, y vuelvo a decírselo, esta vez un poco más fuerte. Le pellizco un pezón y una nalga a la vez, y cuando suelto le doy otra nalgada. La presión que ejerce sobre mi polla sería demasiado si hubiera sido el primer polvo, pero gracias a mi descarga anterior puedo aguantar bastante más. Así que lo que le digo es que abuse de mí, que se corra contra mi polla, que estoy aquí para que ella se masturbe contra mi cuerpo, que lo que quiero es notar con mi glande cómo el orgasmo sale de dentro de su coño. Y ella me cabalga todo lo fuerte que puede, sin decir nada, sin hacer ningún ruido aparte del que hace al chocar contra mí, y sigo abofeteando su culo y pellizcándole en unos cuantos sitios. La forma en que retuerce sus caderas contra mí, como si buscara algo que solo se puede encontrar con una polla como la mía ahí dentro, me ratifica que sabe muy bien lo que está haciendo, y disfruto del bello espectáculo de esa preciosa mujer lanzada a por el placer puro, cabalgándome, follándome, babeando mi entrepierna con sus jugos. Y me sorprende lo silenciosa que es, lo discreto de su forma de disfrutar, pero cuando menos me lo espero se desploma sobre mi pecho y reposa su cabeza en mi hombro. Mis testículos están casi flotando en un jugo caliente y pegajoso que emana de su coño, y a fe mía que por fin se ha corrido, aunque nadie podría saberlo siguiendo las pistas normales.
Me besa, con paz, su lengua acaricia la mía con ternura, y comienza a arrancar de nuevo sus movimientos. Me sorprende un poco, pero me dice al oído:
-          Esto es para ti. Ahora voy a masturbarte yo con mi coño a ti, igual que tú pusiste tu polla a mi disposición. Disfruta, estos movimientos están diseñados para tu orgasmo.
La presión que ejercen sus paredes sobre mi miembro comienza a oscilar, como si la estuviera masajeando. Es una verdadera delicia. Quizá está accionando conscientemente los músculos de esa zona. Pero no quiero entretenerme en analizar lo que hace. Solo quiero disfrutarlo. Ella sube y baja, conmigo entrando y saliendo de ella, y tira de mi polla masturbándola de una forma espectacular. La sorpresa me lleva rápidamente a través de las fases previas, y, con unos golpes de cadera que seguro que tiene estudiados, no lo pienso más y acabo derramándome dentro de ella, unas pocas gotas calientes que había sido capaz de crear en tan poco tiempo. Creo que yo sí he sido algo más ruidoso que ella.
Nos quedamos abrazados, recuperando la respiración.
-          Sigo sin creerme que este blog sea el tuyo, que tú seas escritor. Solo me lo creeré si leo el relato de esto que ha pasado.
-          Cuenta con ello. Valdrá la pena escribirlo.
-          ¿Qué nombre me vas a poner en el relato?
-          ¿Te gusta Sara?
-          A mí Sara me gusta. ¿Y a ti?
-          Cuando dices Sara suena a “Bésame”
-          Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
Nos besamos, un buen rato. Fuera se sigue oyendo la discomóvil y la gente borracha. Nosotros no tenemos prisa. Cuando salimos del baño de señoras ya se está despidiendo la gente, y nos dirigimos a la zona de aparcamiento. No nos volvemos a cruzar. Solo me queda de ella el buen recuerdo de una boda magnífica, y el encargo de escribir este relato. Como siempre, gracias a todos por leerme, y en especial a Sara.   

lunes, 2 de noviembre de 2015

Dos historias.


Desde hace un par de días tengo colocada entre los dos muslos una sensación entre picor y quemazón que me tiene inquieto todo el día y me lleva a buscar posturas y movimientos que inicien un roce, una presión o un contacto casi involuntario. Me descubro con las manos comprobando el estado de los órganos tan queridos que habitan en ese rincón de mi cuerpo y no dejo de estar dispuesto para aprovechar cualquier excusa para quitarme la ropa y masturbarme. Es como estar en stand by, no apagado sino activo, sin estar en marcha aunque baste un simple dedo para encenderme.

La culpa de mi estado habita en mi cabeza. Hace unos días volvió un recuerdo, una situación, una imagen y un conjunto de sensaciones que despertaron mi cuerpo, y no he podido ni querido apartarlas. Y con ellos, otro recuerdo, otra situación, y otra imagen que viaja siempre junto a aquella, porque unos siempre, siempre, me recuerdan a los otros. Me vienen fogonazos de formas, de sonidos, de partes de un cuerpo desnudo agitándose pegado al mío, y vuelvo a lanzar mi imaginación a recuperar esos recuerdos, o incluso, a mejorarlos.

No estoy orgulloso de lo que pasó, en ninguno de los dos casos, pero sí de que pasara. Desde hace años huyo de las mujeres con pareja, ya he tenido demasiados problemas de ese tipo. Pero en estos casos mi cerebro no pudo evitarlo.Y mi cuerpo tampoco.

En mi ciudad tenemos unas fiestas locales muy peculiares, de las que solo contaré que para celebrarlas nos agrupamos en una especie de peñas que repartimos por el casco antiguo. Nos visitamos mutuamente en los distintos locales, de forma que en la semana de fiestas, en pleno mes de julio, de acá para allá conoces a mucha gente. Nuestro local, amplio y espacioso, es conocido por tener un grifo de cerveza, sin límite de barriles, y una piscina hinchable donde pasamos las horas de calor de las tardes de julio, con un vaso en la mano. La primera imagen que me vino a la mente el otro día fue exactamente esa, un grupo de gente que vino de otra peña a visitarnos y probar nuestra cerveza, un día mientras estábamos en la piscina.

Oímos que había entrado gente en la casa y no tardaron en aparecer por la puerta del corral media docena de miembros de una de las peñas vecinas. Entre ellos venía Silvia, la chica cuya imagen está remoloneándome varios días y me ha obligado a escribir este relato. Hace mucho que nos conocemos. Cuando yo era más joven trabajaba en una empresa de las de corbata y americana, de cara al público. Los grandes clientes tenían empleados que venían a hacer sus gestiones; algunos duraban un par de semanas, otros varios meses, unos pocos duraban años. Una de las que más duraron fue Silvia, y a lo largo de todos ese tiempo establecimos una especie de amistad que era más química que aprecio, aunque también. Cuando la conocí era una verdadera cría, solo era ojos azules, pelo a colorines y ese magnífico culo, y con la edad fue consolidándose en la mujer extremadamente sexy que es ahora, capaz de hipnotizar con una sonrisa y de excitar con una mirada. Y al revés. Años después de que los dos dejáramos aquellos trabajos apareció de nuevo en mi vida, al coincidir entre las peñas de las fiestas de mi pueblo. Aunque uno de los que venían con ella era su novio. O, como ella decía, “su pareja”.

En bañador, orgulloso del estado de forma en que estaba ese verano, y algo eufórico por la cerveza, decidí que era un buen momento para exhibirme, solo exhibirme. Así que apreté un poco los abdominales, me levanté de golpe, y dejé que el agua corriera por mi piel unos segundos, a la vista de todos. La mayoría no hacía otra cosa que saludarse entre ellos, con sus tics sociales y sus coletillas. Yo solo veía a Silvia y, para mi sorpresa, ella solo me hacía caso a mí. Saqué despacio un pie de la piscina, y luego el otro. Quería que el bañador, completamente pegado a mi cuerpo, fuera marcando todo lo que tuviera que marcar. Me eché el pelo para atrás con los dedos (entonces aún estaba todo, y era bastante largo) y cogí una toalla mientras me acercaba a saludarla.

–       No sabía yo que te gastabas un cuerpazo así, chaval.
–       Tenías que haberme visto hace diez años, con diez quilos menos. – Era mentira, diez años atrás estaba más flaco, pero no hacía tanto deporte.
–       Calla, que me lo imagino y es peor... – Sus propias palabras la desconcertaron y buscó algo que decir para salir del paso. – ¿Y qué hay que hacer para entrar en la piscina?
–       Tienes que ganártelo, no puede entrar cualquiera.
–       Quiero entrar, ¿cómo puedo ganármelo?

Su novio y los demás estaban organizando un acto de las fiestas y no estaban pendientes de nosotros, así que, abusando de la confianza que tuvimos tiempo atrás, me acerqué mucho a ella mientras me secaba. Ella no se apartó, sino que miraba fijamente dónde iba y venía la toalla por mi cuerpo. Le dije bajito:

–       Para acabar en la piscina solo tienes que quedarte lo suficientemente cerca, y antes o después alguno te tirará dentro.
–       ¿Quién me va a tirar? ¿Vas a ser tú? ¡No me hagas reír! – no se burlaba, me retaba.
–       Alguien. Mantente alerta.
–       ¡Cariño! ¡Me están amenazando! ¡Ven, sálvame!

La magia, si existía, se rompió en cuanto llamó a su novio y se fue a su lado. Sin embargo, no dejó de sonreírme de esa forma que me hacía enloquecer, ni de mirarme mientras seguía secándome, incluso descaradamente, con frotamientos dedicados explícitamente a provocarla. Estoy seguro de que pudo darse cuenta de cómo mi cuerpo reaccionaba a sus miradas bajo el bañador empapado.

–       ¿Pero no querías entrar en la piscina? ¿Ahora huyes?
–       Quiero entrar, a estar tranquilamente, a disfrutar la piscina, a dejar que el agua me meza. Sin violencias. Ahora hay demasiada gente. Otro día. – Clavaba su mirada en la mía, sin dudar un segundo, como si hubiera algo escondido en sus palabras, como si yo debiera adivinar algo oculto tras sus ojos. Y yo comenzaba a derretirme.

Cuando volvió con los demás a su peña yo seguía sintiendo sobre mi piel la caricia de sus miradas, y algo más dentro, la tentación de su sonrisa. Mantenía la toalla en mis manos, para cubrir convenientemente el bulto de mi erección bajo el bañador mojado. Estar en esas condiciones entre tanta gente era como estar desnudo. Me metí debajo del grifo que usábamos a modo de ducha, para ver si el agua corriente podía llevarse todas esas necesidades de la superficie de mi piel, pero el ansia principal no había forma de quitármela de dentro. 

***

Por las noches, las peñas nos juntamos en la plaza principal, y compartimos bailes y vasos al ritmo de la verbena mientras el cuerpo aguanta. En cuanto llegué con el resto de mi peña Silvia apareció frente a mí, con su enloquecedora sonrisa y su mirada ambigua que bien podía significar “sé lo buena que estoy” o “sé que te vuelvo loco”. Y fuera lo que fuera, yo estaba de acuerdo con ambas.

–       Quiero ir a la piscina. – Fue lo primero que dijo, sin darme tiempo a saludar.
–       ¿Ahora? ¿De noche?
–       Dentro de un rato. Estaré por aquí. De esta noche no te escapas.
–       ¿Yo? ¿De qué tengo que escaparme? – Siempre me ha costado concentrarme al hablar con ella: la parte de mi cerebro ocupada por las fantasías que va despertando es demasiado grande.
–       De meterme en tu piscina. – Enfatizó la palabra “meterme”.
–       ¿Tienes bañador? ¿O bikini?

Ella respondió con una carcajada y se alejó mientras me miraba de reojo por encima del hombro. Durante las dos horas siguientes fui encontrándomela entre baile y baile, se acercaba a mí y bailaba un ratito conmigo, dejando que nuestros cuerpos chocaran, aparentemente por casualidad. Luego se iba, de repente, sin avisar, hasta que volvía a aparecer. Cuando la orquesta de la verbena comenzaba a despedirse Silvia vino corriendo y me dijo:

–       Los míos se van a dormir, ¿tú te vas?
–       No, yo no… - los míos se habían ido ya hacía rato, me había quedado para ver cómo acababa la noche.
–       Vale – hizo un gesto a su novio, a varios metros, y vi cómo él asentía y se marchaba, con los suyos. – ¿Te importa que me quede contigo?
–       Por supuesto… o sea, por supuesto que no me importa.

Ella se rió de mi aparente torpeza y me cogió de la mano para llevarme a tirones entre la gente frente a la orquesta, que interpretaba sus temas más espectaculares para acabar el bolo dejando buen sabor de boca. Saltamos, bailamos, nos reímos, nos abrazamos y chocamos uno con el otro y con otra gente un buen rato hasta que todo pasó, y la plaza quedó a oscuras y en silencio, mientras los últimos golfos iban dejando los vasos vacíos y emprendían el camino a sus casas.

Estábamos callados, mirándonos, esperando que fuera el otro el que tomara la iniciativa. Apenas había una docena de personas en la plaza y solo tres farolas nos evitaban estar en la más completa oscuridad, pero el brillo de los ojos de Silvia me iluminaba por dentro. Veía con total claridad, tan claro que podía ver el futuro de lo que iba a pasar. Pero faltaba mucho para que ese futuro se hiciera realidad, si se hacía.

En un momento dado ella rompió el silencio.

–       ¿Bueno?
–       ¿Bueno, qué?
–       La piscina.
–       ¿Quieres ir? Son las cuatro…
–       No hay nadie ahora, ¿no? Me muero de calor, necesito refrescarme ¿O es que no quieres dejarme entrar en tu piscina? – vuelve a clavar sus ojos en los míos y coloca esa sonrisa que es reto y promesa a la vez.
–       Vamos, si quieres.

Caminamos en el silencio de la noche hacia el local de mi peña, cruzándonos con algún descarriado que vuelve de la verbena o con alguna pareja con gran interés por compartir sus pieles. Vamos sin habernos soltado las manos desde que ella me la cogió; no hemos dicho nada desde que salimos de la plaza. De repente me entra la duda y no estoy tan seguro de que vaya a pasar lo que deseo que pase.

–       ¿Dijiste que no tienes bikini?
–       ¿Te importa que entre desnuda?
–       A mí no, si a ti no te importa que haga lo mismo, para solidarizarme.
–       En absoluto.

Abro la puerta del local, y me alegra ver que estaba cerrada con llave. Eso quiere decir que no hay nadie dentro. Voy encendiendo luces y ella camina detrás de mí, muy cerca. Las últimas luces, las que están justo antes de salir al corral, no las enciendo, para no delatarnos. Antes de atravesar la última puerta me paro y la miro a los ojos.

-         ¿Quieres beber algo?
-         No, creo que he bebido lo necesario, estoy bien. Solo quiero piscina. Tengo mucho calor, pero no tengo sed.
-         Deja aquí todo lo que temas que se moje. Móvil, cartera, ropa…
-         Ajam…

De forma totalmente natural, sin dejar de mirarme a los ojos, deja su bolso en una mesa, se descalza y comienza a tirar de su camiseta hacia arriba. Sin esperarlo tengo ante mí su abdomen, su ombligo, el inicio de sus costillas. Ella ve que estoy mirando, porque ella me mira a mí, y se entretiene en seguir subiendo su camiseta. Me aclaro la voz y la oigo reírse, y entonces lanza un último tirón a su prenda y la saca por la cabeza. Lleva sujetador, fino, suave, de verano. Luego desabrocha sus pantaloncitos cortos y de un solo movimiento se agacha y los lleva a sus pies, los recoge y los coloca en la mesa, junto a su bolso y a su camiseta. Está en ropa interior, allí mismo, a mi lado, y yo dejo de pensar.

Lanzo un brazo para colocar mi mano sobre su cintura desnuda, la atraigo hacia mí y la rodeo también con la otra mano; agacho mi cara y llevo mi boca a la suya. Ella no se aparta, no lo evita, incluso deja que mis labios hagan ventosa con los suyos y me devuelve un poco la succión, pero con sus manos me aparta y solo dice:

–       ¡Eh! ¿Qué haces? ¡Ahora toca piscina! ¡Quiero quitarme este calor de encima!

Y se va caminando, atravesando el corral, hacia la piscina hinchable, que palidece a la luz de las estrellas en el rincón opuesto a nosotros. No sé si tomar su frase como un rechazo o como una forma de ralentizar las cosas, y siento que tengo que relajar algunas partes de mi cuerpo que comienzan a estar desatadas. Me quito la ropa despacio mientras pienso en otras cosas para que todo baje un poquito, y cuando me quedo en boxers la veo agachada al lado de la piscina, comprobando el agua, con el culo en pompa orientado hacia mí. Se moja un poco la nuca, los brazos, el cuello, las mejillas. Se gira y me mira mientras me acerco.

–       Por dios, qué calor tengo. Te miro y tengo más calor.

Y con un pellizco sabio desabrocha su sujetador y lo deja caer de sus brazos mientras me da la espalda, aunque me mira por encima de su hombro con esa mirada suya que me trastoca. De otro movimiento rápido se agacha dejando sus bragas en el suelo y su culo desnudo en pompa, delante de mí, y se mueve como una gata para superar el borde de la piscina. Mete un pie primero y luego el otro en el agua, camina un par de pasos cortos para llegar hasta el medio, y comienza a gemir de gusto mientras va dejándose caer y el agua va cubriendo su cuerpo desnudo. Son gemidos exagerados, para que yo sepa lo mucho que le gusta entrar en el agua a las cuatro de la mañana de un día de julio, pero evocan perfectamente otra clase de gemidos que no quisiera tardar en oír.

Sentada en la piscina solo puedo ver bien su cara; el nivel del agua llega hasta su cuello, y veo que tiene los ojos cerrados mientras se aclimata a las sensaciones. Cruzo el corral, llego a donde están sus bragas y su sujetador, me agacho con rapidez y dejo allí mismo mis boxers, levanto primero un pie y luego el otro y entro en la piscina. Debido a ese movimiento mi pene, algo hinchado pero no mucho, ha oscilado a un lado y al otro, como un badajo. En ese momento me doy cuenta que ella ha abierto los ojos y está mirándolo, sonriendo.

–       ¿Ya estás empalmado? Si aún no has visto nada.
–       No, algo morcillona no te negaré que está, porque estás muy buena, pero para estar empalmado aún falta mucho. Pero me halaga que consideres que esto es toda una erección. Tú si que no has visto nada aún

Ella se ha sorprendido por mi respuesta, quizá no esperaba tanta palabrería, pero le gusta lo que le digo. Me dejo caer bajo el agua, también hasta el cuello, diametralmente opuesto a ella para estar lo más lejos posible, y bizqueo mirando a través del agua las partes de su cuerpo que comienzo a intuir. Pero enseguida comenzamos a chocar bajo el agua, brazos y pies y muslos enfrentándose a cada movimiento que hacemos, y ninguno de los dos evita los choques. En un momento dado ella se sienta sobre mi pie, y puedo tocar perfectamente la forma de su culo en mi empeine. En otro movimiento su pierna pasa entre mis dos piernas, y su pie queda aferrado entre mis muslos, muy lejos de lo que me gustaría que llegase a tocar, pero no obstante cerca. Yo le agarro esa pierna, en principio para quitarla de ahí, pero no la suelto y la acaricio, hasta que tira de ella, no sé muy bien si para quitarla de mis manos o para atraer mis manos hacia su cuerpo; pero yo la dejo ir y ella se queda con un muslo pegado al suelo de la piscina, y el otro totalmente en el aire, completamente abierta, y lo único que puedo ver es la rodilla y su espinilla.

–       ¿Estás mejor del calor? ¿Te refresca?
–       Pues verás, el agua está genial, pero el calor no se me pasa.
–       Eso es porque no te doy espacio. Deja que me ponga en otra postura

Me muevo arrastrándome por la lona para colocar mi cuerpo estirado al lado del suyo, en lugar de estar enfrentados. Voy con mucho cuidado para que nada salga por encima de la superficie, nada revelador. Tal como están las cosas ya no es una situación morcillona, ahora sí acertaría si lo llamara erección. Buscando una postura para sentarme, apoyo mi mano sobre la suya. Yo tengo el agua por la altura del estómago, y ella sigue pareciendo que está escondiéndose bajo la superficie, pero su sonrisa sigue pareciendo que tiene tantas cosas escritas que aprieto su mano y no la suelto. Es ella la que quita la mano de ahí, pero lo hace para cambiar de postura. Se sienta más atrás, de forma que parte de su cuerpo sale del agua, y, por fin, sus dos pechos están a mi vista directa. Y se queda así.

–       ¿Seguro que tienes calor? Parece que tengas frío.
–       No, tengo calor, mucha. Los pezones siempre los tengo así, cuando estoy mojada.
–       Voy a probar a darles un poco de calor, a ver si se arreglan. Quizá acabes tiritando de calor.

Bajo la cabeza, despacio, hacia su pecho izquierdo, y ella no hace nada por detenerme. Tardo en llegar un mundo y la miro a los ojos mientras lo hago, y su mirada me dice algo parecido a “ya era hora”; cuando estoy muy cerca abro la boca sin dejar de mirarla y lanzo mi aliento a su pezón mojado, aliento caliente y cálido, y ella se estremece un poquito, la oigo sonreírse y noto cómo se mueve un poquito para encontrar una postura más cómoda. Con ese pezón tan cerca de mi boca no puedo evitar la tentación y acabo de recorrer los pocos centímetros que me faltan; deposito un besito en él, y ese besito se convierte en succión, y abro un poquito más la boca y lo muerdo ligeramente, y saco la lengua y comienzo a comprobar el sabor del agua de esa piscina sobre la piel de esa mujer desnuda. Sus movimientos para encontrar la postura más confortable son cada vez más ostensibles, me agarra la cabeza y me la lleva a su cara.

–       Vas a tener que decirme que me aparte con mucha claridad, - le digo - porque ahora mismo todo yo necesito comprobar tu sabor, mi piel necesita tocar tu piel, mi cuerpo necesita vibrar con el tuyo. Hace muchos años que te conozco y he tenido mucho tiempo para inventarme cosas que te haría si tuviera oportunidad. Esta es la oportunidad, a no ser que tú no quieras que lo sea.
–       Bésame. Ahora sí.

Lleva mi cara a la suya y nuestras bocas se fusionan en un beso carnoso y visceral que envuelve labios, dientes y lengua y que suena a hueco y a alientos que se entrecruzan. Mi mano va acariciando su estómago justo por debajo del nivel del agua, emerge hacia sus pechos y comienza a sopesar el que besé antes, con suavidad, como si quisiera comprobar qué hay dentro. Luego pellizco el pezón que aún tiene mi saliva mientras sigo besándola, y en mi boca noto la contracción de la suya por el placer.

–       Antes te he dicho que eso no era una erección. Creo que lo correcto es decirte que ahora sí lo es.
–       A ver si va a ser demasiado grande para mí…
–       Es del tamaño justo, tú misma me lo dirás…

Me aparto un poco de ella y me mantengo arrodillado, dejando que el agua me llegue justo hasta la cintura. La forma de mi polla se transluce justo debajo de la superficie, pero la hago emerger todo lo larga que es con una contracción del músculo pélvico adecuado. Luego suelto el músculo, choca contra el agua al caer, se sumerge y vuelvo a empezar. Es como un delfín haciendo un truco, y ella se ríe a carcajadas. Lanza una mano bajo el agua y busca, hasta que una de las veces que la dejo caer suena de lleno en su palma. Me encanta sentir cómo la agarra, solo la agarra, y vuelvo a avanzar hacia ella a seguir besándola.

Estoy arrodillado sobre la lona de la piscina, al lado de sus caderas, y con mis manos accedo a sus pechos con cierta comodidad, pero ella está torcida para poder besarme, y sobre todo, para poder agarrar mi polla. Así que lanza uno de sus muslos para rodearme y llevarme frente a ella, con sus piernas abiertas y mi polla en su mano. Estoy tan cerca que en cualquier momento solo tendría que llevar su mano un poco más abajo y estaría follando con ella. Y eso me hace sentirme aún más sensible a sus caricias.

Sus pechos oscilan con su respiración y el agua los salpica con los ligeros movimientos que vamos haciendo. Tengo uno de sus pezones completamente absorbido en mi boca y el otro a cargo de mi mano derecha, así que llevo la izquierda a acariciar sus muslos bajo el agua. Quizá debería ir un poco más lento, pero sus caricias en mi polla me están acelerando más de lo que creía. Ella está utilizando sus dos manos, con una acaricia mi glande y con la otra masturba el tronco. A veces suelta una de las dos para agarrarme el escroto, como si supiera que es una de las cosas que más me gustan. Sus muslos están abiertos con los pies juntos detrás de mí, puedo llegar fácil a donde quiero llegar, y comienza a ser necesario comenzar a llegar pronto.

Me yergo, parándolo todo, y le hago un gesto para que haga lo mismo. Se arrodilla justo delante de donde lo estoy yo, tan cerca que aplasta mi polla contra mi cuerpo a la altura de su ombligo. Siento sus pechos sobre mis costillas y su aliento tiritando en mi pecho, y lanzo mis manos a agarrarle su culo, bajo el agua, para seguir sintiéndola aplastarse contra mí. Primero amaso sus nalgas, luego masajeo, a veces pellizco e incluso abofeteo su culazo, y ella me empuja o tira de mí según su cuerpo reacciona a esos movimientos. Dejo pasar mis dedos entre la raja mojada, deslizándome con total facilidad entre sus nalgas, paso de largo entre sus muslos y comienzo a acariciarle sus labios, calientes y palpitantes. Ella lanza un suspiro hondo mientras saca su culo hacia atrás, para facilitar mi labor digital, y con su cara en mi pecho comienza a lamer y mordisquear mis pezones. Tiene una mano en mi polla y la otra agarrándome para colgarse de mi cuello, y me está masturbando francamente rápido, como si quisiera poner a prueba mi resistencia.

Cojo sus dos manos, las pongo sobre el borde de la piscina y le indico que se apoye allí. Luego la cojo por la cintura y tiro de ella, para que esté sobre sus pies, no sobre sus rodillas. Ahora está con el culo en pompa, como lo estuvo ante mí cuando entró en la piscina, y tengo su coño accesible a la vista, a mis manos, a mi polla, y sobre todo, a mi boca. Arrodillado detrás de ella comienzo a lamer. Me gusta lamer, me vuelve loco, es una forma de placer que no concibo por no poder experimentarla, pero sí disfruto por poder darla, y poder hacer que la mujer en cuestión la reciba. Me encanta recorrer los labios, como si buscara, separando pliegues, o aferrarme al clítoris como si fuera un bebé que amamanta del pecho de su madre, o meter la lengua tan profundo en su coño que ella sienta que le estoy follando con una polla rugosa que cambia de forma a voluntad. Y ahora que estoy comiéndome el coñito de Silvia, que estoy jugando con su clítoris haciéndolo bailar y saltar como si fuera una canica en una sartén de aceite hirviendo, me doy cuenta de que sus gemidos están siendo demasiado pronunciados, demasiado escandalosos, para pasar inadvertido entre los vecinos. Pero no me preocupa, ahora lo que me preocupa es el sabor de la intimidad de esa mujer, desnuda en la piscina, que está cerca del orgasmo, que se agita y tiembla y que libera un pequeño grito cuando le meto un dedo unos centímetros para que busque ahí dentro, para encontrar ese punto rugoso que ella quiere que busque, que gruñe cuando son dos los dedos los que meto ahí, siempre sin dejar de hacerle cosas a su clítoris con mi boca, como lamer, besar, chupar, e incluso morder, y que se corre con intensidad entre palabras barriobajeras e insultos que no me ofenden en absoluto.

Con todo esto, hace rato que ella me soltó la polla, y eso me ha ayudado a frenarme un poco, pero el orgasmo de Silvia me ha puesto en el punto exacto.

-         ¿Cómo vas de calor? ¿Has tiritado?
-         Sigo ardiendo, a ver qué haces con esta calentura.
-         ¿Eso es que quieres más? Perfecto.

Tal como está, en esa postura, le doy una nalgada que suena como un disparo en la piel mojada y turgente de su culo. Acto seguido planto mi glande entre sus labios, en la entrada de su vagina, y le suelto otra nalgada, en la misma piel, algo roja. Empujo hacia dentro, poco a poco, y voy dándole nalgadas a medida que entro; siento que me deslizo con facilidad, y que sus quejidos son de placer en lugar de dolor. Por si acaso, sigo dándole nalgadas mientras inicio un movimiento oscilante de entrada y salida, poco a poco, y noto cómo las paredes de su coño, pegajosas y mojadas a la vez, se van adaptando a mi polla, a mi glande. Me voy emocionando y la follo un poco más rápido, y luego un poco más, y ya no le doy nalgadas, ahora la tengo agarrada de las caderas y la atraigo y la alejo manteniendo el ritmo en un movimiento coordinado.

En alguna ocasión paro en seco mi ritmo, para evitar correrme, e inicio movimientos circulares con mis caderas, de forma que vaya entrando en ella desde distintos ángulos. Así puedo pararme a disfrutar las sensaciones, como el calor creciente en el interior de su coño, las gotas de agua y de jugo que gotean por mis testículos, los pequeños grititos, la forma en que ronronea y que empuja hacia atrás con sus caderas para follarme; la follo con toda la profundidad que puedo, haciéndole llegar mi polla a lugares donde no sé si ha estado alguien más, y paso así un par de minutos hasta que vuelvo a acelerar, con fuerza, dejando que sean mis caderas las que manden y las ganas de follar las que dirijan. Hasta que ella echa la cabeza sobre el borde hinchable de la piscina, se desparrama sobre él y deja exhalar todo su aliento en una frase:

–       Tenías razón, es del tamaño exacto, el tamaño justo.
–       Te dije que me lo dirías…

Y es en ese momento en que me doy cuenta de todo. Me doy cuenta de que me estoy follando a Silvia, de que se ha corrido ya algunas veces, y de que es mi polla la que está dentro de su coño, y todo eso se materializa de repente en una oleada de contracciones que se inician en mi perineo. Saco mi polla de su coño a tiempo, la pego cuan larga es a lo largo del canalillo de su culo, y hago que sus nalgas la aplasten por ambos lados para masturbarme haciendo como que me las follo, y acabo eyaculando sobre su espalda en contracciones que me hacen gritar. Y sudado, y mojado, y extasiado, tal como estoy, la abrazo por detrás, con mi polla aún entre sus nalgas, y agarro sus pechos para darle un beso en el cuello, a lo que ella responde:

-         Podías haberlo hecho ahí dentro, ahí detrás, si hubieras querido. No hacía falta que lo hicieras fuera con las nalgas.
-         ¡Por dios! Tenías que habérmelo dicho…
-         Haber preguntado, chaval…

Me mira con esa mirada tan enloquecedora y esa sonrisa tan sexy que lamento tener cuerpo de hombre y no poder dar buena cuenta de esa mujer desnuda en un buen rato. Pero no paro de acariciarla mientras salimos de la piscina a ponernos bajo el grifo que hace las veces de ducha; puedo ver el brillo de mi semen derramado sobre su espalda, me unto los dedos en él y le digo:

-         ¿Te refieres a que tenía que haber metido este semen aquí dentro? – Voy lubricando mi dedo con mi semen, mientras acaricio su esfínter anal. - ¿Aquí dentro del todo? ¿Pero con mi polla en lugar de este dedo? – Aún no estoy entrando en ella, no estoy seguro del todo de que me haya querido decir exactamente eso. - ¿Así?
-         Oh… eso es… juega un poquito. Mójame bien, luego mételo. – En efecto, había entendido bien.
-         ¿Te cuento un secreto? Yo me hago esto mismo, alguna vez, algún día, de vez en cuando; me acaricio esto como si fueran unos labios vaginales superpequeñitos, y lo mojo bien de saliva… Lo del semen es una innovación para este caso.
-         Méteme el dedo ya, por favor.
-         Espera, quizá antes de eso…

Ella está apoyada con ambas manos en la pared, con el chorro de agua cayendo sobre su cabeza. En su espalda, un reguero de manchas de semen espesas y goteantes, que voy arrastrando por su piel hasta su ano. Yo, a su lado, tengo una mano entre sus nalgas, y la otra en su abdomen, con las yemas de dos dedos presionando el bulto de su clítoris, lentamente, al mismo ritmo que hago círculos sobre su esfínter. Cuando decido que ya puedo entrar por detrás estiro uno de los dedos de la otra mano también, y entro en los dos sitios a la vez. Con el dedo de su ano hasta el primer nudillo, hago que vibre un poquito, para que la sienta, y luego hago vibrar la mano de su coño, y luego las dos a la vez. Después empujo más, y con casi medio dedo dentro de su culo repito la operación. Y por fin tengo todo mi dedo metido en su culo y dos dedos en su coño, con la palma de la mano presionando su clítoris; ella está bufando, bajo el chorro del agua, y le digo al oído que se va a correr, por nosecuánta vez, y que ahora va a correrse por el culo. Y justo en ese momento comienzo a agitar mis dos manos a la vez, y no paro de hacerlo hasta que ella se retuerce y casi se deja caer de rodillas, medio llorando, después de toda la gama de susurros, ronroneos, grititos, jadeos y gemidos que ya he llegado a conocer. Saco mis manos de ella, la ayudo a levantarse, la beso y la abrazo; estamos así un buen rato, hasta que comienza a hacerse de día y cojo la botella de gel, comunal de la peña, y la ducho, suavemente, frotándola con cariño, y ella me ducha a mí, frotándome con cariño también, mientras me sonríe de esa forma que ya sabes.

***

Dos noches después, siguiendo a la banda de música por las calles de mi ciudad, ella llega saltando hasta plantarse delante de mí.

–       ¡Hola! ¿Les has contado a tus amigotes lo que pasó el otro día? – me sorprende la pregunta; hay demasiada gente justo a nuestro lado y comienzo a buscar un lugar donde no nos puedan oir.
–       ¿Estás de broma? No se lo creerían.
–       La verdad es que estuviste bien, muy ocurrente…
–       Te di con todo lo que sé, con todo lo bueno que sé hacer. Si hubiera otra ocasión tendría que repetirme.
–       Yo en cambio aún tengo muchas cosas que hacerte. ¿Has podido quitártelo de la cabeza?
–       Ni he podido ni he querido. Voy todo el día encendido.
–       Igual que yo. – estamos al final del grupo de gente, ya nadie nos puede oír, pero sí vernos.
–       Voy generando fantasías que ni controlo ni gestiono, no puedo parar. Y contigo aquí delante de mí la cosa no mejora en absoluto.
–       ¿Qué clase de fantasías? ¿Me cuentas alguna?
–       Si te cuento alguna eyacularé aquí en medio; ya solo con estar hablando contigo ahora mismo estoy que me derrito.
–       ¿Te lo imaginas, correrte aquí en medio ahora mismo?
–       No juegues…
–       ¿Cómo sería? ¿Una manchita en los pantalones? ¿O sería en plan salvaje?
–       Estando tú aquí, en plan salvaje…
–       ¿Cómo? A ver…
–       Pues tendría que bajarme los pantalones
–       Sí… - es un “sí” que suena a gemido obsceno.
–       Y comenzar a machacármela.
–       …hummm… - esto es claramente un gemido.
–       Fuerte…
–       Sigue…
–       Y tendría que buscar un lugar donde depositar toda mi carga, tendría que preguntar dónde puedo hacerlo, para que no me pase como el otro día
–       ¿En mi boca te vendría bien? Para estar aquí en medio, digo.
–       Sí, tu boca sería un buen lugar. Pero ¿cómo lo quieres? ¿Yo lo lanzo y que te caiga dentro? ¿O harás algo para que ocurra?
–       ¿Me estás preguntando si te chuparía la polla hasta que te corras y luego me lo trague todo mientras te limpio la polla lamiéndotela? - la descripción tan minuciosa y obscena pronunciada de viva voz casi me lanza al otro lado.
–       Sí.
–       Lo haría. Pero prefiero ver cómo te la machacas delante de mí, y yo pongo la carita para que la eches en mi boca haciendo puntería, mira, así. – Y pone carita de niña buena, con la boca totalmente abierta y la lengua fuera, como si esperara que depositaran en ella una hostia, o en este caso, un chorro de semen caliente y pegajoso. En ese momento siento un respingo en la polla.
–       Sabes que esto no termina aquí, ¿verdad?
–       Sí termina, ven.

La banda ha doblado una esquina y la gente ha desaparecido en esa dirección. Nosotros estamos solos en esta calle y Silvia echa a correr en otra dirección. La sigo un centenar de metros, girando por esquinas y callejones hasta una plaza a oscuras. Me sienta en un banco, me baja los pantalones, abre la boca y coge mi polla. Justo antes de metérsela ahí dentro me mira, con esa cara lujuriosa y sexy, y exhala su aliento caliente sobre mi glande, y lo noto; me excita, quiero que me la chupe ya, no puedo más, se lo digo y lo hace. Mi polla llega a lugares muy profundos de su garganta, tanto que su lengua acaricia mis testículos, y empieza a chupar, subiendo y bajando, masturbándome con la presión que hacen sus labios aprisionados sobre el tronco de mi polla. Con sus dedos acaricia mi escroto y me vuelve a mirar, con esa cara, y no puedo evitarlo y siento cómo la presión de mis testículos se convierte en oleada de placer; lanzo mis caderas hacia el aire un par de veces, y ella quita su boca de mi polla, pone la cara de niña que puso antes, y entiendo que espera que sea yo el que acabe. Con dos sacudidas de mi puño cerrado sobre mi polla explosiono en chorros de esperma blanco que cruzan el aire del verano hacia su cara, y la mayoría caen en su lengua, plana, y alguno le da en la nariz. Luego vuelve a meterse mi polla en su boca para acabar de aspirar las últimas gotas, como me describió hace unos minutos. Recoge con los dedos algún chorrito que ha fallado la puntería y se lo lleva a los labios, y traga fuerte, de forma ostensible, para que vea que lo hace, y abre su boca para enseñarme que está totalmente vacía. Tan solo en dos ocasiones he conseguido eyacular con una felación. Esta es una de las dos. Ella está igual que hace un momento; viéndola a ella nadie podría decir jamás que acaba de pasar lo que acaba de pasar, pero yo estoy para el arrastre. Y mientras me arreglo la ropa y recupero la respiración ella me da un beso en la boca y desaparece a la carrera entre callejones.


Aún me masturbo algunas veces recordando aquello, igual que haré cuando acabe de escribir este relato. A veces me encuentro con Silvia y actuamos como dos personas que se conocen muy bien desde hace tiempo. Ella sigue con “su pareja”, y su mirada sigue siendo la misma cuando nos cruzamos. Y no deja de fascinarme lo mucho que me recuerda esta historia a otra, totalmente distinta, aunque muy parecida, que es la otra historia que nombré al principio de este relato.

***

Cuando trabajaba en la empresa de mi relato “Galletas María”, en mi misma planta estaba el departamento de Asesoría. Había más gente, tipos serios con poco carisma que iban arriba y abajo con sus corbatas y sus maletines, pero la única que interesa es Yolanda, una abogada que llevaba varios años trabajando allí, que entró recomendada pero que se había ganado el respeto de todos. Además, era un verdadero bombón, algo mayor que yo, y quizá demasiado flaca, pero con unos ojos azules y una mirada inocente que no parecía propia de una abogada. Y su culo, ese rotundo y fascinante culo que parecía tener vida propia bajo su ropa, generalmente pantalones poco ceñidos que no le hacían justicia.

Nos llevábamos muy bien. El aparente carácter distante que todo el mundo le achacaba no era más que un ensimismamiento fruto de ir siempre pensando en sus cosas. Cuando tomaba confianza era muy cariñosa, tanto que a veces rozaba lo inapropiado. Siempre que me llamaba por teléfono porque tenía algún problema o no sabía hacer una cosa, solamente susurraba las palabras “¡Te necesito!” de una forma tan inocente que parecía estar totalmente carente de inocencia, y yo no podía negarme a ir, intentando evitar que se me notara la erección. Una vez, estando yo de pie en el centro de mi departamento, entró a pedirme un favor, y mientras lo hacía cogía mi corbata con las dos manos y tiraba de ella y la acariciaba y tiraba de ella mientras hablaba. Seguro que no había mala intención, a pesar de lo terriblemente insinuante que fue todo aquello, pero mis compañeros creyeron conveniente recordarme que estaba casada. Otro día estábamos solos en su despacho, muy juntos frente a su monitor mientras le explicaba cómo solucionar un problema que le surgía. Cuando por fin lo entendió se alegró tanto que puso su mano plana sobre mi abdomen, repasando mis músculos, en aquel entonces bastante marcados. Era una forma de contacto, de “mira, lo he entendido”, pero a mí me dio un respingo esa parte de mí que tú ya sabes. Otro día, al salir del ascensor, me encontré con ella, y para hacerme una pregunta en el tiempo en que tardaba en subir a su despacho, me puso sus dos manos en mi pecho, me empujó dentro y me llevó hasta la pared del fondo sin apartarse, mientras las puertas se cerraban y el ascensor comenzaba a subir a la vez que mi erección. Porque cada vez que se acercaba tanto a mí me miraba a los ojos, fijamente, como si esperara que yo entendiera algo oculto en todo aquello, como si debiera iniciarse una conexión a través de ellos.

Hasta que un día, repasando unos archivos que tenía en alguna carpeta, me llamó, como otras veces, y acudí, como siempre, a su despacho. El resto del departamento estaba fuera del edificio, en sus cosas, y no había nadie en cincuenta metros. Yo me apoyé en el borde del ventanal que daba a la calle, a cinco pisos de altura, mientras la escuchaba, y ella me contaba todo lo que pasaba. Me divertía su forma de describir sus dificultades con la informática y me encantaba pasar rato explicándole cosas. Cuando por fin vio claro lo que yo quería explicarle, se alegró tanto como la otra vez, cuando me puso la mano sobre el abdomen, pero esta vez yo estaba más lejos y lo que hizo fue agarrar la hebilla del cinturón y zarandearla al ritmo de su explosión de alegría. En ese momento se disparó mi erección, por completo, mientras ella no paraba de agitar mis pantalones y de empujarme hacia ella, sentada en su silla, y yo casi de pie, a un metro de ella. Tanto que le tuve que dar a entender lo que pasaba.

–       Yolanda, Yolanda, ten cuidado…
–       ¿Qué pasa? Soy feliz por haberlo entendido
–       Ya, ya lo sé, pero yo no soy de piedra.
–       ¿Qué? ¿Qué quieres decir?
–       Que tu celebración está provocándome demasiada alegría…
–       Ya lo veo, ya has puesto tu tienda de campaña, con nada que te he hecho
–       Bueno, nada tampoco…
–       Joder, cómo sois los hombres, qué fáciles sois. Otra vez igual…

Y dicho esto, comenzó a desabrocharme los pantalones, hebilla y cremallera, como si fuese lo más normal del mundo.

–       ¿Qué haces?
–       Hacerme cargo de tu erección, como toca.
–       ¿Qué?
–       Calla y no me distraigas. Acabo en un momento.

Con mis pantalones en las rodillas y los boxers a mitad de mis muslos tenía toda mi erección a la vista, con el glande morado frente a su cara, y la miraba con sus ojos azules y su cara preciosa. No sabía si todo eso era algún juego que ella estaba jugando, fingiendo ser una ingenua que creyera que era su deber encargarse de liberarme de la erección que ella misma me había provocado, o que realmente lo creyera, y en ambos casos me hacía sentir como un monstruo. Vi la foto de su marido en la mesa del despacho, mirándola y sonriendo, y ella puso cara de niña que se disponía a hacer sus deberes, con cierta cara de fastidio, pero segura de que iba a cumplir con ellos.

Me acarició con las yemas de sus dedos, muy suavemente, para que apenas sintiera su roce, mientras me miraba a los ojos con su expresión inocente. Pasó las uñas por mi glande, por el tronco de mi polla, y finalmente por el escroto; mi erección alcanzó el punto máximo y justo en ese momento su mirada cambió de inocencia a lujuria de una forma tan efectiva que debía de estar ensayada, y abrió la boca para meterse en ella mi polla.

Con el culo sobre le alféizar del ventanal que daba a la calle más concurrida de la ciudad, con esa preciosidad sentada en su silla de despacho yendo y viniendo sobre las ruedas, vi cómo mi polla iba desapareciendo dentro de su boca, en un ritual que parecía demasiado bien aprendido, demasiado medido como para ser algo pasional. Parecía que realmente estaba cumpliendo con una obligación que alguien le había inculcado con respecto a las erecciones que provocaba, y yo no estaba en condiciones de discutir eso, mientras su garganta aprisionaba mi glande y sus dedos masajeaban mi perineo.

En alguna ocasión me dio la impresión de que oí el ruido de alguien por el pasillo, pero eso me vino bien para despejarme un poco y retardar el desenlace. Solo en una ocasión hasta ese momento había conseguido eyacular con una felación, pero esa ocasión parecía que llevaba al mismo final. Quizá por la perversión de que aquello fuera, realmente, algún tipo de castigo que se autoinfligiera por algún oscuro motivo, o por la sordidez de tener mis ropas, mi traje, totalmente desabrochado, con la polla al aire, con un bombón chupándomela en medio de un despacho tan vetusto y formal.

Intenté acariciarla. Le pedí que parara y que me besara, a lo que respondió con cara de extrañeza y siguió haciendo lo que tan bien estaba haciendo. Intenté tocarle uno de los pechos, me apartó la mano de un guantazo. Intenté acariciarle el pelo, apartó la cabeza. Así que me concentré en disfrutar de lo que me estaba haciendo. Sentí su lengua recorriendo los bordes de mi glande, entrando entre los pliegues, siguiendo el frenillo, intentando entrar por el agujero de la uretra. Sentí cómo la piel interna de los mofletes aprisionaba mi polla, cómo el paladar encauzaba mi capullo hacia su garganta. Sentí cómo sopesaba mis testículos, cómo tiraba de mi escroto, cómo ceñía con dos dedos el tronco y lo masturbaba. Y sentí cuando me la agarró con las dos manos con los dedos entrelazados llenas de saliva, y empezó a machacármela con la punta entre sus labios, y en ese momento supe que iba a eyacular chorretones de esperma caliente y pegajoso. Y comencé a follarme las manos de Yolanda, resbalando por sus palmas, con golpes de cadera que metían mi polla unos centímetros en su boca. Y cuando ella cazó mi glande en una ventosa, como si quisiera aspirarlo hacia dentro, mi semen acumulado comenzó a salir y la expresión de felicidad de sus ojos duró todo el rato que estuve babeando en ella, y luego duró mientras la lamía para recoger todas las gotas que quedaban, y también mientras se aseguraba de que no quedara nada de semen por absorber.

Y una vez quedé vacío de semen, ella misma me volvió a colocar las ropas en su lugar, mientras decía:

–       No te preocupes, procuraré no volver a provocarte una erección.

Y se giró de nuevo a su PC, a seguir trabajando en los documentos que tenía abiertos, ahora que ya sabía cómo solucionar los problemas que me habían llevado hasta allí. Y yo me fui en silencio, me metí en el baño a arreglarme la ropa y asearme un poco, y volví a mi puesto de trabajo. Sigo sin saber quién le inculcó la obligación moral de “encargarse” de las erecciones que provoca, ni quién se aprovechaba de ello, aparte de mí.

Un tiempo después, ella dejó la empresa, yo monté la mía y no la he vuelto a ver. Pero su recuerdo me sigue provocando erecciones de las que no puede ocuparse físicamente, aunque sí me sirve, y mucho, el recuerdo de lo que me hizo.