Desde hace un par de días tengo
colocada entre los dos muslos una sensación entre picor y quemazón que
me tiene inquieto todo el día y me lleva a buscar posturas y movimientos
que inicien un roce, una presión o un contacto casi involuntario. Me descubro
con las manos comprobando el estado de los órganos tan queridos que habitan en
ese rincón de mi cuerpo y no dejo de estar dispuesto para aprovechar cualquier
excusa para quitarme la ropa y masturbarme. Es como estar en stand by, no
apagado sino activo, sin estar en marcha aunque baste un simple dedo para encenderme.
La culpa de mi estado
habita en mi cabeza. Hace unos días volvió un recuerdo, una situación, una
imagen y un conjunto de sensaciones que despertaron mi cuerpo, y no he podido
ni querido apartarlas. Y con ellos, otro recuerdo, otra situación, y otra
imagen que viaja siempre junto a aquella, porque unos siempre, siempre, me recuerdan a los
otros. Me vienen fogonazos de formas, de sonidos, de partes de un cuerpo desnudo
agitándose pegado al mío, y vuelvo a lanzar mi imaginación a recuperar esos
recuerdos, o incluso, a mejorarlos.
No estoy orgulloso de lo
que pasó, en ninguno de los dos casos, pero sí de que pasara. Desde hace años
huyo de las mujeres con pareja, ya he tenido demasiados problemas de ese tipo.
Pero en estos casos mi cerebro no pudo evitarlo.Y mi cuerpo tampoco.
En mi ciudad tenemos
unas fiestas locales muy peculiares, de las que solo contaré que para
celebrarlas nos agrupamos en una especie de peñas que repartimos por el casco
antiguo. Nos visitamos mutuamente en los distintos locales, de forma que en la
semana de fiestas, en pleno mes de julio, de acá para allá conoces a mucha
gente. Nuestro local, amplio y espacioso, es conocido por tener un grifo de
cerveza, sin límite de barriles, y una piscina hinchable donde pasamos las
horas de calor de las tardes de julio, con un vaso en la mano. La primera imagen que me vino a la mente el otro día fue exactamente
esa, un grupo de gente que vino de otra peña a visitarnos y probar nuestra cerveza, un día mientras estábamos en la piscina.
Oímos que había entrado
gente en la casa y no tardaron en aparecer por la puerta del corral media docena de miembros de una de las peñas vecinas. Entre
ellos venía Silvia, la chica cuya imagen está remoloneándome varios días y me ha
obligado a escribir este relato. Hace mucho que nos conocemos. Cuando yo era más joven trabajaba en una empresa de las de
corbata y americana, de cara al público. Los grandes clientes tenían empleados que venían a hacer sus gestiones; algunos duraban un par de semanas,
otros varios meses, unos pocos duraban años. Una de las que más duraron fue Silvia, y
a lo largo de todos ese tiempo establecimos una especie de amistad que
era más química que aprecio, aunque también. Cuando la conocí era una verdadera
cría, solo era ojos azules, pelo a colorines y ese magnífico culo, y con la edad fue consolidándose en la mujer extremadamente sexy que es ahora, capaz de hipnotizar con una sonrisa y de excitar con una mirada. Y al revés. Años
después de que los dos dejáramos aquellos trabajos apareció de nuevo en
mi vida, al coincidir entre las peñas de las fiestas de mi pueblo. Aunque uno
de los que venían con ella era su novio. O, como ella decía, “su pareja”.
En bañador, orgulloso del
estado de forma en que estaba ese verano, y algo eufórico por la cerveza,
decidí que era un buen momento para exhibirme, solo exhibirme. Así que apreté un poco los abdominales, me levanté de golpe, y dejé que el agua corriera por mi piel unos segundos, a la vista de todos. La mayoría no hacía otra cosa que saludarse entre ellos, con sus tics sociales y sus coletillas. Yo solo veía a
Silvia y, para mi sorpresa, ella solo me hacía caso a mí. Saqué despacio un pie de la piscina, y luego el otro. Quería que el bañador, completamente pegado a mi cuerpo, fuera marcando
todo lo que tuviera que marcar. Me eché el pelo para atrás con los dedos (entonces aún estaba todo, y era bastante largo) y cogí una toalla mientras me acercaba a saludarla.
–
No
sabía yo que te gastabas un cuerpazo así, chaval.
–
Tenías
que haberme visto hace diez años, con diez quilos menos. – Era mentira, diez
años atrás estaba más flaco, pero no hacía tanto deporte.
–
Calla,
que me lo imagino y es peor... – Sus propias palabras la desconcertaron y buscó
algo que decir para salir del paso. – ¿Y qué hay que hacer para entrar en la
piscina?
–
Tienes
que ganártelo, no puede entrar cualquiera.
–
Quiero
entrar, ¿cómo puedo ganármelo?
Su novio y los demás
estaban organizando un acto de las fiestas y no estaban pendientes de nosotros,
así que, abusando de la confianza que tuvimos tiempo atrás, me acerqué mucho a
ella mientras me secaba. Ella no se apartó, sino que miraba fijamente dónde
iba y venía la toalla por mi cuerpo. Le dije bajito:
–
Para
acabar en la piscina solo tienes que quedarte lo suficientemente cerca, y antes
o después alguno te tirará dentro.
–
¿Quién me va a tirar? ¿Vas a ser tú? ¡No me hagas reír! – no se burlaba, me
retaba.
–
Alguien. Mantente alerta.
–
¡Cariño!
¡Me están amenazando! ¡Ven, sálvame!
La magia, si existía, se
rompió en cuanto llamó a su novio y se fue a su lado. Sin embargo, no dejó de
sonreírme de esa forma que me hacía enloquecer, ni de mirarme mientras seguía secándome, incluso descaradamente, con frotamientos dedicados explícitamente a provocarla. Estoy seguro de que pudo darse cuenta
de cómo mi cuerpo reaccionaba a sus miradas bajo el bañador empapado.
–
¿Pero
no querías entrar en la piscina? ¿Ahora huyes?
–
Quiero
entrar, a estar tranquilamente, a disfrutar la piscina, a dejar que el agua me
meza. Sin violencias. Ahora hay demasiada gente. Otro día. – Clavaba su mirada en la mía, sin dudar un segundo, como si hubiera algo escondido
en sus palabras, como si yo debiera adivinar algo oculto tras sus ojos. Y yo
comenzaba a derretirme.
Cuando volvió con los demás a su peña yo
seguía sintiendo sobre mi piel la caricia de sus miradas, y algo más dentro, la
tentación de su sonrisa. Mantenía la toalla en mis manos, para cubrir
convenientemente el bulto de mi erección bajo el bañador
mojado. Estar en esas condiciones entre tanta gente era como estar desnudo. Me metí
debajo del grifo que usábamos a modo de ducha, para ver si el agua corriente
podía llevarse todas esas necesidades de la superficie de mi piel, pero el
ansia principal no había forma de quitármela de dentro.
***
Por las noches, las peñas
nos juntamos en la plaza principal, y compartimos bailes y vasos al ritmo de la verbena
mientras el cuerpo aguanta. En cuanto llegué con el resto de mi peña Silvia apareció
frente a mí, con su enloquecedora sonrisa y su mirada ambigua que bien
podía significar “sé lo buena que estoy” o “sé que te vuelvo loco”. Y fuera lo
que fuera, yo estaba de acuerdo con ambas.
–
Quiero
ir a la piscina. – Fue lo primero que dijo, sin darme tiempo a saludar.
–
¿Ahora?
¿De noche?
–
Dentro
de un rato. Estaré por aquí. De esta noche no te escapas.
–
¿Yo?
¿De qué tengo que escaparme? – Siempre me ha costado concentrarme al hablar con
ella: la parte de mi cerebro ocupada por las fantasías que va
despertando es demasiado grande.
–
De
meterme en tu piscina. – Enfatizó la palabra “meterme”.
–
¿Tienes
bañador? ¿O bikini?
Ella respondió con una
carcajada y se alejó mientras me miraba de reojo por encima del hombro.
Durante las dos horas siguientes fui encontrándomela entre baile y baile, se acercaba a mí y bailaba un ratito conmigo, dejando que nuestros cuerpos chocaran, aparentemente por casualidad. Luego se iba, de repente, sin avisar, hasta que volvía a aparecer. Cuando la orquesta de la verbena comenzaba a despedirse Silvia vino corriendo y
me dijo:
–
Los
míos se van a dormir, ¿tú te vas?
–
No,
yo no… - los míos se habían ido ya hacía rato, me había quedado para ver cómo
acababa la noche.
–
Vale
– hizo un gesto a su novio, a varios metros, y vi cómo él asentía y se
marchaba, con los suyos. – ¿Te importa que me quede contigo?
–
Por
supuesto… o sea, por supuesto que no me importa.
Ella se rió de mi aparente
torpeza y me cogió de la mano para llevarme a tirones entre la gente frente a
la orquesta, que interpretaba sus temas más espectaculares para acabar el bolo dejando buen sabor de boca. Saltamos, bailamos, nos reímos, nos
abrazamos y chocamos uno con el otro y con otra gente un buen rato hasta que
todo pasó, y la plaza quedó a oscuras y en silencio, mientras los últimos
golfos iban dejando los vasos vacíos y emprendían el camino a sus casas.
Estábamos callados,
mirándonos, esperando que fuera el otro el que tomara la iniciativa. Apenas
había una docena de personas en la plaza y solo tres farolas nos evitaban estar
en la más completa oscuridad, pero el brillo de los ojos de Silvia me iluminaba
por dentro. Veía con total claridad, tan claro que podía ver el futuro de lo
que iba a pasar. Pero faltaba mucho para que ese futuro se hiciera realidad, si
se hacía.
En un momento dado ella
rompió el silencio.
–
¿Bueno?
–
¿Bueno,
qué?
–
La
piscina.
–
¿Quieres
ir? Son las cuatro…
–
No
hay nadie ahora, ¿no? Me muero de calor, necesito refrescarme ¿O es que no
quieres dejarme entrar en tu piscina? – vuelve a clavar sus ojos en los míos y
coloca esa sonrisa que es reto y promesa a la vez.
–
Vamos,
si quieres.
Caminamos en el silencio
de la noche hacia el local de mi peña, cruzándonos con algún descarriado que
vuelve de la verbena o con alguna pareja con gran interés por compartir sus
pieles. Vamos sin habernos soltado las manos desde que ella me la cogió; no hemos
dicho nada desde que salimos de la plaza. De repente me entra la duda y no
estoy tan seguro de que vaya a pasar lo que deseo que pase.
–
¿Dijiste
que no tienes bikini?
–
¿Te
importa que entre desnuda?
–
A
mí no, si a ti no te importa que haga lo mismo, para solidarizarme.
–
En
absoluto.
Abro la puerta del local,
y me alegra ver que estaba cerrada con llave. Eso quiere decir que no hay nadie
dentro. Voy encendiendo luces y ella camina detrás de mí, muy cerca. Las
últimas luces, las que están justo antes de salir al corral, no las enciendo, para no delatarnos.
Antes de atravesar la última puerta me paro y la miro a los ojos.
-
¿Quieres
beber algo?
-
No,
creo que he bebido lo necesario, estoy bien. Solo quiero piscina. Tengo mucho
calor, pero no tengo sed.
-
Deja
aquí todo lo que temas que se moje. Móvil, cartera, ropa…
-
Ajam…
De forma totalmente
natural, sin dejar de mirarme a los ojos, deja su bolso en una mesa, se
descalza y comienza a tirar de su camiseta hacia arriba. Sin esperarlo tengo ante
mí su abdomen, su ombligo, el inicio de sus costillas. Ella ve que estoy
mirando, porque ella me mira a mí, y se entretiene en seguir subiendo su
camiseta. Me aclaro la voz y la oigo reírse, y entonces lanza un último tirón a
su prenda y la saca por la cabeza. Lleva sujetador, fino, suave, de verano.
Luego desabrocha sus pantaloncitos cortos y de un solo movimiento se agacha y
los lleva a sus pies, los recoge y los coloca en la
mesa, junto a su bolso y a su camiseta. Está en ropa interior, allí mismo, a mi
lado, y yo dejo de pensar.
Lanzo un brazo para
colocar mi mano sobre su cintura desnuda, la atraigo hacia mí y la rodeo
también con la otra mano; agacho mi cara y llevo mi boca a la suya. Ella no se
aparta, no lo evita, incluso deja que mis labios hagan ventosa con los suyos y
me devuelve un poco la succión, pero con sus manos me aparta y solo dice:
–
¡Eh!
¿Qué haces? ¡Ahora toca piscina! ¡Quiero quitarme este calor de encima!
Y se va caminando,
atravesando el corral, hacia la piscina hinchable, que palidece a la
luz de las estrellas en el rincón opuesto a nosotros. No sé si tomar su frase como un rechazo o como una forma
de ralentizar las cosas, y siento que tengo que relajar algunas partes de mi
cuerpo que comienzan a estar desatadas. Me quito la ropa despacio mientras
pienso en otras cosas para que todo baje un poquito, y cuando me quedo en
boxers la veo agachada al lado de la piscina, comprobando el agua, con el culo
en pompa orientado hacia mí. Se moja un poco la nuca, los brazos, el cuello, las mejillas. Se gira y me mira mientras me acerco.
–
Por
dios, qué calor tengo. Te miro y tengo más calor.
Y con un pellizco sabio
desabrocha su sujetador y lo deja caer de sus brazos mientras me da la
espalda, aunque me mira por encima de su hombro con esa mirada suya que me
trastoca. De otro movimiento rápido se agacha dejando sus bragas en el suelo
y su culo desnudo en pompa, delante de mí, y se mueve como una gata para
superar el borde de la piscina. Mete un pie primero y luego el otro en el
agua, camina un par de pasos cortos para llegar hasta el medio, y comienza a
gemir de gusto mientras va dejándose caer y el agua va cubriendo su cuerpo
desnudo. Son gemidos exagerados, para que yo sepa lo mucho que le gusta entrar
en el agua a las cuatro de la mañana de un día de julio, pero evocan
perfectamente otra clase de gemidos que no quisiera tardar en oír.
Sentada en la piscina solo
puedo ver bien su cara; el nivel del agua llega hasta su cuello, y veo que
tiene los ojos cerrados mientras se aclimata a las sensaciones. Cruzo el corral, llego a donde están sus bragas y su sujetador, me agacho con rapidez y
dejo allí mismo mis boxers, levanto primero un pie y luego el otro y entro en
la piscina. Debido a ese movimiento mi pene, algo hinchado pero no mucho, ha
oscilado a un lado y al otro, como un badajo. En ese momento me doy cuenta que
ella ha abierto los ojos y está mirándolo, sonriendo.
–
¿Ya
estás empalmado? Si aún no has visto nada.
–
No,
algo morcillona no te negaré que está, porque estás muy buena, pero para estar
empalmado aún falta mucho. Pero me halaga que consideres que esto es toda una
erección. Tú si que no has visto nada aún
Ella se ha sorprendido por
mi respuesta, quizá no esperaba tanta palabrería, pero le gusta lo que le digo.
Me dejo caer bajo el agua, también hasta el cuello, diametralmente
opuesto a ella para estar lo más lejos posible, y bizqueo mirando a través del
agua las partes de su cuerpo que comienzo a intuir. Pero enseguida comenzamos a
chocar bajo el agua, brazos y pies y muslos enfrentándose a cada movimiento que
hacemos, y ninguno de los dos evita los choques. En un momento dado ella se
sienta sobre mi pie, y puedo tocar perfectamente la forma de su culo en mi
empeine. En otro movimiento su pierna pasa entre mis dos piernas, y su pie
queda aferrado entre mis muslos, muy lejos de lo que me gustaría que llegase a
tocar, pero no obstante cerca. Yo le agarro esa pierna, en principio para
quitarla de ahí, pero no la suelto y la acaricio, hasta que tira de ella, no sé muy bien si para quitarla de mis manos o para atraer
mis manos hacia su cuerpo; pero yo la dejo ir y ella se queda con un muslo
pegado al suelo de la piscina, y el otro totalmente en el aire, completamente
abierta, y lo único que puedo ver es la rodilla y su espinilla.
–
¿Estás
mejor del calor? ¿Te refresca?
–
Pues
verás, el agua está genial, pero el calor no se me pasa.
–
Eso
es porque no te doy espacio. Deja que me ponga en otra postura
Me muevo arrastrándome por la lona para colocar mi cuerpo estirado al lado del suyo, en lugar de estar
enfrentados. Voy con mucho cuidado para que nada salga por encima de la
superficie, nada revelador. Tal como están las cosas ya no es una situación
morcillona, ahora sí acertaría si lo llamara erección. Buscando una
postura para sentarme, apoyo mi mano sobre la suya. Yo tengo el agua por la
altura del estómago, y ella sigue pareciendo que está escondiéndose bajo la
superficie, pero su sonrisa sigue pareciendo que tiene tantas cosas escritas
que aprieto su mano y no la suelto. Es ella la que quita la mano de ahí, pero
lo hace para cambiar de postura. Se sienta más atrás, de forma que parte de su
cuerpo sale del agua, y, por fin, sus dos pechos están a mi vista directa. Y se
queda así.
–
¿Seguro
que tienes calor? Parece que tengas frío.
–
No,
tengo calor, mucha. Los pezones siempre los tengo así, cuando estoy mojada.
–
Voy
a probar a darles un poco de calor, a ver si se arreglan. Quizá acabes
tiritando de calor.
Bajo la cabeza,
despacio, hacia su pecho izquierdo, y ella no hace nada por detenerme. Tardo
en llegar un mundo y la miro a los ojos mientras lo hago, y su mirada me dice
algo parecido a “ya era hora”; cuando estoy muy cerca abro la boca sin dejar
de mirarla y lanzo mi aliento a su pezón mojado, aliento caliente y cálido, y
ella se estremece un poquito, la oigo sonreírse y noto cómo se mueve un
poquito para encontrar una postura más cómoda. Con ese pezón tan cerca de mi
boca no puedo evitar la tentación y acabo de recorrer los pocos centímetros que
me faltan; deposito un besito en él, y ese besito se convierte en
succión, y abro un poquito más la boca y lo muerdo ligeramente, y saco la
lengua y comienzo a comprobar el sabor del agua de esa piscina sobre la piel de
esa mujer desnuda. Sus movimientos para encontrar la postura más confortable
son cada vez más ostensibles, me agarra la cabeza y me la lleva a su cara.
–
Vas
a tener que decirme que me aparte con mucha claridad, - le digo - porque ahora mismo todo
yo necesito comprobar tu sabor, mi piel necesita tocar tu piel, mi cuerpo
necesita vibrar con el tuyo. Hace muchos años que te conozco y he tenido mucho
tiempo para inventarme cosas que te haría si tuviera oportunidad. Esta es la
oportunidad, a no ser que tú no quieras que lo sea.
–
Bésame.
Ahora sí.
Lleva mi cara a la suya y
nuestras bocas se fusionan en un beso carnoso y visceral que envuelve labios,
dientes y lengua y que suena a hueco y a alientos que se entrecruzan. Mi mano va acariciando su estómago justo por debajo del nivel del agua, emerge hacia sus pechos y comienza a sopesar el que besé antes, con suavidad, como si
quisiera comprobar qué hay dentro. Luego pellizco el pezón que aún tiene mi
saliva mientras sigo besándola, y en mi boca noto la contracción
de la suya por el placer.
–
Antes
te he dicho que eso no era una erección. Creo que lo correcto es decirte que
ahora sí lo es.
–
A
ver si va a ser demasiado grande para mí…
–
Es
del tamaño justo, tú misma me lo dirás…
Me aparto un poco de ella
y me mantengo arrodillado, dejando que el agua me llegue justo hasta la
cintura. La forma de mi polla se transluce justo debajo de la superficie, pero
la hago emerger todo lo larga que es con una contracción del músculo pélvico adecuado.
Luego suelto el músculo, choca contra el agua al caer, se sumerge y vuelvo a empezar. Es
como un delfín haciendo un truco, y ella se ríe a carcajadas. Lanza una mano
bajo el agua y busca, hasta que una de las veces que la dejo caer suena de lleno en su palma. Me encanta sentir cómo la agarra, solo la agarra, y vuelvo a
avanzar hacia ella a seguir besándola.
Estoy arrodillado sobre
la lona de la piscina, al lado de sus caderas, y con mis manos accedo a sus
pechos con cierta comodidad, pero ella está torcida para poder besarme, y sobre
todo, para poder agarrar mi polla. Así que lanza uno de sus muslos para
rodearme y llevarme frente a ella, con sus piernas abiertas y mi polla en su
mano. Estoy tan cerca que en cualquier momento solo tendría que llevar su mano un poco más abajo y
estaría follando con ella. Y eso me hace sentirme aún más sensible a sus
caricias.
Sus pechos oscilan con su
respiración y el agua los salpica con los ligeros movimientos que vamos
haciendo. Tengo uno de sus pezones completamente absorbido en mi boca y el otro
a cargo de mi mano derecha, así que llevo la izquierda a acariciar sus muslos
bajo el agua. Quizá debería ir un poco más lento, pero sus caricias en mi polla
me están acelerando más de lo que creía. Ella está utilizando sus dos manos, con una
acaricia mi glande y con la otra masturba el tronco. A veces suelta una
de las dos para agarrarme el escroto, como si supiera que es una de las cosas
que más me gustan. Sus muslos están abiertos con los pies juntos detrás de mí, puedo llegar fácil a donde quiero llegar, y comienza a ser necesario comenzar
a llegar pronto.
Me yergo, parándolo todo,
y le hago un gesto para que haga lo mismo. Se arrodilla justo delante de donde lo estoy yo,
tan cerca que aplasta mi polla contra mi cuerpo a la altura de su ombligo.
Siento sus pechos sobre mis costillas y su aliento tiritando en mi pecho, y lanzo mis
manos a agarrarle su culo, bajo el agua, para seguir sintiéndola aplastarse
contra mí. Primero amaso sus nalgas, luego masajeo, a veces pellizco e incluso
abofeteo su culazo, y ella me empuja o tira de mí según su cuerpo reacciona a
esos movimientos. Dejo pasar mis dedos entre la raja mojada, deslizándome
con total facilidad entre sus nalgas, paso de largo entre sus muslos y comienzo a acariciarle sus
labios, calientes y palpitantes. Ella lanza un suspiro hondo mientras saca su
culo hacia atrás, para facilitar mi labor digital, y con su cara en mi pecho
comienza a lamer y mordisquear mis pezones. Tiene una mano en mi polla y la
otra agarrándome para colgarse de mi cuello, y me está masturbando francamente rápido, como si
quisiera poner a prueba mi resistencia.
Cojo sus dos manos, las
pongo sobre el borde de la piscina y le indico que se apoye allí. Luego la cojo
por la cintura y tiro de ella, para que esté sobre sus pies, no sobre sus
rodillas. Ahora está con el culo en pompa, como lo estuvo ante mí cuando entró
en la piscina, y tengo su coño accesible a la vista, a mis manos, a mi polla, y
sobre todo, a mi boca. Arrodillado detrás de ella
comienzo a lamer. Me gusta lamer, me vuelve loco, es una forma de placer que no
concibo por no poder experimentarla, pero sí disfruto por poder darla, y poder
hacer que la mujer en cuestión la reciba. Me encanta recorrer los labios, como
si buscara, separando pliegues, o aferrarme al clítoris como si fuera un bebé
que amamanta del pecho de su madre, o meter la lengua tan profundo en su coño
que ella sienta que le estoy follando con una polla rugosa que cambia de
forma a voluntad. Y ahora que estoy comiéndome el coñito de Silvia, que estoy
jugando con su clítoris haciéndolo bailar y saltar como si fuera una canica en
una sartén de aceite hirviendo, me doy cuenta de que sus gemidos están siendo
demasiado pronunciados, demasiado escandalosos, para pasar inadvertido entre
los vecinos. Pero no me preocupa, ahora lo que me preocupa es el sabor de la
intimidad de esa mujer, desnuda en la piscina, que está cerca del orgasmo, que se
agita y tiembla y que libera un pequeño grito cuando le meto un dedo unos
centímetros para que busque ahí dentro, para encontrar ese punto rugoso que
ella quiere que busque, que gruñe cuando son dos los dedos los que meto ahí,
siempre sin dejar de hacerle cosas a su clítoris con mi boca, como lamer,
besar, chupar, e incluso morder, y que se corre con intensidad entre palabras
barriobajeras e insultos que no me ofenden en absoluto.
Con todo esto, hace rato
que ella me soltó la polla, y eso me ha ayudado a frenarme un poco, pero el
orgasmo de Silvia me ha puesto en el punto exacto.
-
¿Cómo
vas de calor? ¿Has tiritado?
-
Sigo
ardiendo, a ver qué haces con esta calentura.
-
¿Eso
es que quieres más? Perfecto.
Tal como está, en esa
postura, le doy una nalgada que suena como un disparo en la piel mojada y
turgente de su culo. Acto seguido planto mi glande entre sus labios, en la entrada
de su vagina, y le suelto otra nalgada, en la misma piel, algo roja. Empujo
hacia dentro, poco a poco, y voy dándole nalgadas a medida que entro; siento
que me deslizo con facilidad, y que sus quejidos son de placer en lugar de
dolor. Por si acaso, sigo dándole nalgadas mientras inicio un movimiento oscilante
de entrada y salida, poco a poco, y noto cómo las paredes de su coño,
pegajosas y mojadas a la vez, se van adaptando a mi polla, a mi glande. Me voy emocionando y la follo un poco más rápido, y luego un poco más, y ya no le
doy nalgadas, ahora la tengo agarrada de las caderas y la atraigo y la alejo manteniendo el ritmo en
un movimiento coordinado.
En alguna ocasión paro en
seco mi ritmo, para evitar correrme, e inicio movimientos circulares con mis
caderas, de forma que vaya entrando en ella desde distintos ángulos. Así puedo
pararme a disfrutar las sensaciones, como el calor creciente en el interior de
su coño, las gotas de agua y de jugo que gotean por mis testículos, los pequeños grititos, la forma
en que ronronea y que empuja hacia atrás con sus caderas para follarme; la follo con toda la profundidad que puedo, haciéndole
llegar mi polla a lugares donde no sé si ha estado alguien más, y paso
así un par de minutos hasta que vuelvo a acelerar, con fuerza, dejando que sean
mis caderas las que manden y las ganas de follar las que dirijan. Hasta que
ella echa la cabeza sobre el borde hinchable de la piscina, se desparrama sobre
él y deja exhalar todo su aliento en una frase:
–
Tenías
razón, es del tamaño exacto, el tamaño justo.
–
Te
dije que me lo dirías…
Y es en ese momento en que
me doy cuenta de todo. Me doy cuenta de que me estoy follando a Silvia, de que se
ha corrido ya algunas veces, y de que es mi polla la que está dentro de su coño, y todo
eso se materializa de repente en una oleada de contracciones que se inician en mi perineo. Saco mi polla de su coño a tiempo, la pego cuan larga es a lo largo del canalillo de su culo, y hago que sus
nalgas la aplasten por ambos lados para masturbarme haciendo como que me las follo, y acabo
eyaculando sobre su espalda en contracciones que me hacen gritar. Y sudado, y
mojado, y extasiado, tal como estoy, la abrazo por detrás, con mi polla aún
entre sus nalgas, y agarro sus pechos para darle un beso en el cuello, a lo que
ella responde:
-
Podías
haberlo hecho ahí dentro, ahí detrás, si hubieras querido. No hacía falta que
lo hicieras fuera con las nalgas.
-
¡Por
dios! Tenías que habérmelo dicho…
-
Haber
preguntado, chaval…
Me mira con esa mirada
tan enloquecedora y esa sonrisa tan sexy que lamento tener cuerpo de hombre y no
poder dar buena cuenta de esa mujer desnuda en un buen rato. Pero no paro de acariciarla mientras salimos de la piscina a ponernos bajo el grifo que hace las veces de ducha; puedo ver el brillo de mi semen derramado sobre su
espalda, me unto los dedos en él y le digo:
-
¿Te
refieres a que tenía que haber metido este semen aquí dentro? – Voy lubricando
mi dedo con mi semen, mientras acaricio su esfínter anal. - ¿Aquí dentro del
todo? ¿Pero con mi polla en lugar de este dedo? – Aún no estoy entrando en
ella, no estoy seguro del todo de que me haya querido decir exactamente eso. -
¿Así?
-
Oh…
eso es… juega un poquito. Mójame bien, luego mételo. – En efecto, había entendido
bien.
-
¿Te
cuento un secreto? Yo me hago esto mismo, alguna vez, algún día, de vez en
cuando; me acaricio esto como si fueran unos labios vaginales superpequeñitos,
y lo mojo bien de saliva… Lo del semen es una innovación para este caso.
-
Méteme
el dedo ya, por favor.
-
Espera,
quizá antes de eso…
Ella está apoyada con
ambas manos en la pared, con el chorro de agua cayendo sobre su cabeza. En su
espalda, un reguero de manchas de semen espesas y goteantes, que voy
arrastrando por su piel hasta su ano. Yo, a su lado, tengo una mano entre sus
nalgas, y la otra en su abdomen, con las yemas de dos dedos presionando el
bulto de su clítoris, lentamente, al mismo ritmo que hago círculos sobre su
esfínter. Cuando decido que ya puedo entrar por detrás estiro uno de los
dedos de la otra mano también, y entro en los dos sitios a la vez. Con el dedo de su ano hasta el primer nudillo, hago que vibre un poquito,
para que la sienta, y luego hago vibrar la mano de su coño, y luego las dos a
la vez. Después empujo más, y con casi medio dedo dentro de su culo repito la
operación. Y por fin tengo
todo mi dedo metido en su culo y dos dedos en su coño, con la palma de la mano
presionando su clítoris; ella está bufando, bajo el chorro del agua, y le digo al oído que se va a correr, por nosecuánta vez, y que ahora va a
correrse por el culo. Y justo en ese momento comienzo a agitar mis dos manos a
la vez, y no paro de hacerlo hasta que ella se retuerce y casi se deja caer de
rodillas, medio llorando, después de toda la gama de susurros, ronroneos, grititos, jadeos y gemidos que ya he llegado a conocer. Saco mis manos de ella, la ayudo a levantarse, la
beso y la abrazo; estamos así un buen rato, hasta que comienza a hacerse de
día y cojo la botella de gel, comunal de la peña, y la ducho, suavemente,
frotándola con cariño, y ella me ducha a mí, frotándome con cariño también,
mientras me sonríe de esa forma que ya sabes.
***
Dos noches después, siguiendo a la banda de música por las calles de mi ciudad, ella llega saltando hasta plantarse delante de mí.
–
¡Hola!
¿Les has contado a tus amigotes lo que pasó el otro día? – me sorprende la
pregunta; hay demasiada gente justo a nuestro lado y comienzo a buscar un lugar donde no nos puedan oir.
–
¿Estás
de broma? No se lo creerían.
–
La
verdad es que estuviste bien, muy ocurrente…
–
Te
di con todo lo que sé, con todo lo bueno que sé hacer. Si hubiera otra ocasión
tendría que repetirme.
–
Yo
en cambio aún tengo muchas cosas que hacerte. ¿Has podido quitártelo de la
cabeza?
–
Ni
he podido ni he querido. Voy todo el día encendido.
–
Igual
que yo. – estamos al final del grupo de gente, ya nadie nos puede oír, pero sí
vernos.
–
Voy
generando fantasías que ni controlo ni gestiono, no puedo parar. Y contigo aquí
delante de mí la cosa no mejora en absoluto.
–
¿Qué
clase de fantasías? ¿Me cuentas alguna?
–
Si
te cuento alguna eyacularé aquí en medio; ya solo con estar hablando contigo
ahora mismo estoy que me derrito.
–
¿Te
lo imaginas, correrte aquí en medio ahora mismo?
–
No
juegues…
–
¿Cómo
sería? ¿Una manchita en los pantalones? ¿O sería en plan salvaje?
–
Estando
tú aquí, en plan salvaje…
–
¿Cómo?
A ver…
–
Pues
tendría que bajarme los pantalones
–
Sí…
- es un “sí” que suena a gemido obsceno.
–
Y
comenzar a machacármela.
–
…hummm…
- esto es claramente un gemido.
–
Fuerte…
–
Sigue…
–
Y
tendría que buscar un lugar donde depositar toda mi carga, tendría que
preguntar dónde puedo hacerlo, para que no me pase como el otro día
–
¿En
mi boca te vendría bien? Para estar aquí en medio, digo.
–
Sí,
tu boca sería un buen lugar. Pero ¿cómo lo quieres? ¿Yo lo lanzo y que te caiga dentro? ¿O harás algo para que ocurra?
–
¿Me
estás preguntando si te chuparía la polla hasta que te corras y luego me lo
trague todo mientras te limpio la polla lamiéndotela? - la descripción tan minuciosa y obscena pronunciada de viva voz casi me lanza al otro lado.
–
Sí.
–
Lo
haría. Pero prefiero ver cómo te la machacas delante de mí, y yo pongo la
carita para que la eches en mi boca haciendo puntería, mira, así. – Y pone carita de niña
buena, con la boca totalmente abierta y la lengua fuera, como si
esperara que depositaran en ella una hostia, o en este caso, un chorro de semen
caliente y pegajoso. En ese momento siento un respingo en la polla.
–
Sabes
que esto no termina aquí, ¿verdad?
–
Sí
termina, ven.
La banda ha doblado una
esquina y la gente ha desaparecido en esa dirección. Nosotros estamos solos en
esta calle y Silvia echa a correr en otra dirección. La sigo un centenar de metros, girando por
esquinas y callejones hasta una plaza a oscuras. Me sienta
en un banco, me baja los pantalones, abre la boca y coge mi polla. Justo antes
de metérsela ahí dentro me mira, con esa cara lujuriosa y sexy, y exhala su
aliento caliente sobre mi glande, y lo noto; me excita, quiero que me la
chupe ya, no puedo más, se lo digo y lo hace. Mi polla llega a lugares muy
profundos de su garganta, tanto que su lengua acaricia mis testículos, y
empieza a chupar, subiendo y bajando, masturbándome con la presión que hacen
sus labios aprisionados sobre el tronco de mi polla. Con sus dedos acaricia
mi escroto y me vuelve a mirar, con esa cara, y no puedo evitarlo y siento
cómo la presión de mis testículos se convierte en oleada de placer; lanzo mis
caderas hacia el aire un par de veces, y ella quita su boca de mi polla, pone
la cara de niña que puso antes, y entiendo que espera que sea yo el que acabe. Con dos sacudidas de mi puño cerrado sobre mi polla explosiono en chorros de
esperma blanco que cruzan el aire del verano hacia su cara, y la mayoría caen
en su lengua, plana, y alguno le da en la nariz. Luego vuelve a meterse mi
polla en su boca para acabar de aspirar las últimas gotas, como me describió hace unos minutos. Recoge con los dedos algún chorrito que
ha fallado la puntería y se lo lleva a los labios, y traga fuerte, de forma ostensible, para que vea que lo hace, y abre su boca para enseñarme que está totalmente vacía. Tan solo en
dos ocasiones he conseguido eyacular con una felación. Esta es una de las dos. Ella está igual que hace un momento; viéndola a ella nadie podría
decir jamás que acaba de pasar lo que acaba de pasar, pero yo estoy para el
arrastre. Y mientras me arreglo la ropa y recupero la respiración ella me da
un beso en la boca y desaparece a la carrera entre callejones.
Aún me masturbo algunas
veces recordando aquello, igual que haré cuando acabe de escribir este relato.
A veces me encuentro con Silvia y actuamos como dos personas que se conocen muy
bien desde hace tiempo. Ella sigue con “su pareja”, y su mirada sigue siendo la
misma cuando nos cruzamos. Y no deja de fascinarme lo mucho que me recuerda
esta historia a otra, totalmente distinta, aunque muy parecida, que es la otra
historia que nombré al principio de este relato.
***
Cuando trabajaba en la empresa
de mi relato “Galletas María”, en mi misma planta estaba el departamento de Asesoría. Había
más gente, tipos serios con poco carisma que iban arriba y abajo con sus
corbatas y sus maletines, pero la única que interesa es Yolanda, una abogada que
llevaba varios años trabajando allí, que entró recomendada pero que se había
ganado el respeto de todos. Además, era un verdadero bombón, algo mayor que yo, y quizá demasiado flaca, pero con unos ojos azules y una mirada
inocente que no parecía propia de una abogada. Y su culo, ese rotundo y
fascinante culo que parecía tener vida propia bajo su ropa, generalmente
pantalones poco ceñidos que no le hacían justicia.
Nos llevábamos muy bien.
El aparente carácter distante que todo el mundo le achacaba no era más que un
ensimismamiento fruto de ir siempre pensando en sus cosas. Cuando tomaba
confianza era muy cariñosa, tanto que a veces rozaba lo inapropiado. Siempre
que me llamaba por teléfono porque tenía algún problema o no sabía hacer una
cosa, solamente susurraba las palabras “¡Te necesito!” de una forma tan
inocente que parecía estar totalmente carente de inocencia, y yo no podía
negarme a ir, intentando evitar que se me notara la erección. Una vez, estando
yo de pie en el centro de mi departamento, entró a pedirme un favor, y mientras lo hacía cogía mi corbata con las dos manos y tiraba de ella y la
acariciaba y tiraba de ella mientras hablaba. Seguro que no había mala intención, a pesar de lo terriblemente insinuante que fue todo aquello, pero mis
compañeros creyeron conveniente recordarme que estaba casada. Otro día estábamos solos
en su despacho, muy juntos frente a su monitor mientras le explicaba cómo
solucionar un problema que le surgía. Cuando por fin lo entendió se alegró
tanto que puso su mano plana sobre mi abdomen, repasando mis músculos, en aquel entonces bastante marcados. Era una
forma de contacto, de “mira, lo he entendido”, pero a mí me dio un respingo esa
parte de mí que tú ya sabes. Otro día, al salir del ascensor, me encontré con
ella, y para hacerme una pregunta en el tiempo en que tardaba en subir a su despacho, me puso sus dos
manos en mi pecho, me empujó dentro y me llevó hasta la pared del fondo sin
apartarse, mientras las puertas se cerraban y el ascensor comenzaba a subir a
la vez que mi erección. Porque cada vez que se acercaba tanto a mí me miraba a
los ojos, fijamente, como si esperara que yo entendiera algo oculto en todo
aquello, como si debiera iniciarse una conexión a través de ellos.
Hasta que un día,
repasando unos archivos que tenía en alguna carpeta, me llamó, como otras
veces, y acudí, como siempre, a su despacho. El resto del departamento estaba
fuera del edificio, en sus cosas, y no había nadie en cincuenta metros. Yo me apoyé en el borde del ventanal que daba a la calle, a cinco
pisos de altura, mientras la escuchaba, y ella me contaba todo lo que pasaba.
Me divertía su forma de describir sus dificultades con la informática y me
encantaba pasar rato explicándole cosas. Cuando por fin vio claro lo que yo
quería explicarle, se alegró tanto como la otra vez, cuando me puso la mano
sobre el abdomen, pero esta vez yo estaba más lejos y lo que hizo fue agarrar
la hebilla del cinturón y zarandearla al ritmo de su explosión de alegría. En
ese momento se disparó mi erección, por completo, mientras ella no paraba de
agitar mis pantalones y de empujarme hacia ella, sentada en su silla, y yo casi
de pie, a un metro de ella. Tanto que le tuve que dar a entender lo que pasaba.
–
Yolanda,
Yolanda, ten cuidado…
–
¿Qué
pasa? Soy feliz por haberlo entendido
–
Ya,
ya lo sé, pero yo no soy de piedra.
–
¿Qué?
¿Qué quieres decir?
–
Que
tu celebración está provocándome demasiada alegría…
–
Ya
lo veo, ya has puesto tu tienda de campaña, con nada que te he hecho
–
Bueno,
nada tampoco…
–
Joder,
cómo sois los hombres, qué fáciles sois. Otra vez igual…
Y dicho esto, comenzó a
desabrocharme los pantalones, hebilla y cremallera, como si fuese lo más normal
del mundo.
–
¿Qué
haces?
–
Hacerme
cargo de tu erección, como toca.
–
¿Qué?
–
Calla
y no me distraigas. Acabo en un momento.
Con mis pantalones en las
rodillas y los boxers a mitad de mis muslos tenía toda mi erección a la vista,
con el glande morado frente a su cara, y la miraba con sus ojos azules y su
cara preciosa. No sabía si todo eso era algún juego que ella estaba jugando, fingiendo
ser una ingenua que creyera que era su deber encargarse de liberarme de la
erección que ella misma me había provocado, o que realmente lo creyera, y en
ambos casos me hacía sentir como un monstruo. Vi la foto de su marido en la
mesa del despacho, mirándola y sonriendo, y ella puso cara de niña que
se disponía a hacer sus deberes, con cierta cara de fastidio, pero segura de que iba a cumplir con ellos.
Me acarició con
las yemas de sus dedos, muy suavemente, para que apenas sintiera su roce,
mientras me miraba a los ojos con su expresión inocente. Pasó las uñas por mi
glande, por el tronco de mi polla, y finalmente por el escroto; mi erección
alcanzó el punto máximo y justo en ese momento su mirada cambió de inocencia
a lujuria de una forma tan efectiva que debía de estar ensayada, y abrió la
boca para meterse en ella mi polla.
Con el culo sobre le
alféizar del ventanal que daba a la calle más concurrida de la ciudad, con esa
preciosidad sentada en su silla de despacho yendo y viniendo sobre las ruedas,
vi cómo mi polla iba desapareciendo dentro de su boca, en un ritual que parecía
demasiado bien aprendido, demasiado medido como para ser algo pasional. Parecía
que realmente estaba cumpliendo con una obligación que alguien le había
inculcado con respecto a las erecciones que provocaba, y yo no estaba en
condiciones de discutir eso, mientras su garganta aprisionaba mi glande y sus
dedos masajeaban mi perineo.
En alguna ocasión me dio la impresión de que oí el ruido de alguien por el pasillo, pero eso me vino bien para
despejarme un poco y retardar el desenlace. Solo en una ocasión hasta ese
momento había conseguido eyacular con una felación, pero esa ocasión parecía
que llevaba al mismo final. Quizá por la perversión de que aquello fuera, realmente, algún tipo de castigo que se autoinfligiera por algún oscuro
motivo, o por la sordidez de tener mis ropas, mi traje, totalmente desabrochado,
con la polla al aire, con un bombón chupándomela en medio de un despacho tan
vetusto y formal.
Intenté acariciarla. Le
pedí que parara y que me besara, a lo que respondió con cara de extrañeza y
siguió haciendo lo que tan bien estaba haciendo. Intenté tocarle uno de los
pechos, me apartó la mano de un guantazo. Intenté acariciarle el pelo, apartó
la cabeza. Así que me concentré en disfrutar de lo que me estaba haciendo. Sentí
su lengua recorriendo los bordes de mi glande, entrando entre los pliegues,
siguiendo el frenillo, intentando entrar por el agujero de la uretra. Sentí
cómo la piel interna de los mofletes aprisionaba mi polla, cómo el paladar
encauzaba mi capullo hacia su garganta. Sentí cómo sopesaba mis testículos, cómo
tiraba de mi escroto, cómo ceñía con dos dedos el tronco y lo
masturbaba. Y sentí cuando me la agarró con las dos manos con los dedos entrelazados llenas
de saliva, y empezó a machacármela con la punta entre sus labios, y
en ese momento supe que iba a eyacular chorretones de esperma caliente y
pegajoso. Y comencé a follarme las manos de Yolanda, resbalando por sus palmas, con golpes de cadera que
metían mi polla unos centímetros en su boca. Y cuando ella cazó mi glande en una ventosa, como si quisiera aspirarlo
hacia dentro, mi semen acumulado comenzó a salir y la
expresión de felicidad de sus ojos duró todo el rato que estuve babeando en ella, y luego duró mientras la lamía para recoger todas las gotas que quedaban, y también
mientras se aseguraba de que no quedara nada de semen por absorber.
Y una vez quedé vacío de
semen, ella misma me volvió a colocar las ropas en su lugar, mientras decía:
–
No
te preocupes, procuraré no volver a provocarte una erección.
Y se giró de nuevo a su
PC, a seguir trabajando en los documentos que tenía abiertos, ahora que ya
sabía cómo solucionar los problemas que me habían llevado hasta allí. Y yo me
fui en silencio, me metí en el baño a arreglarme la ropa y asearme un poco, y
volví a mi puesto de trabajo. Sigo sin saber quién le inculcó la obligación
moral de “encargarse” de las erecciones que provoca, ni quién se aprovechaba de
ello, aparte de mí.
Un tiempo después, ella
dejó la empresa, yo monté la mía y no la he vuelto a ver. Pero su recuerdo me
sigue provocando erecciones de las que no puede ocuparse físicamente, aunque sí
me sirve, y mucho, el recuerdo de lo que me hizo.
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